Era una noche de junio, y la oscuridad palpitaba. Yo comparaba mi angustia con tamaña dulzura, y excavaba y volvía a excavar a cada paso en mi dolor como si todas las tinieblas estuvieran empapadas de él y bastase con avanzar para sentir su peso cada vez más intolerable. Advertí de pronto -y me detuve- que había desaparecido de mi mente la inocua frase con la cual todo había comenzado. Estaba parado en la acera de una plaza donde una fuente gorgoteaba. Aquel ruido me pareció fútil, pese a su encanto. Nada podía abolir ya la miserable realidad de mi existencia. De la dulzura de la hora captaba solo el silencio, el perfume, la calma. Era bien entrada la noche y había vagabundeado más de lo normal para distraer con la novedad de la cosa mi humillación. No podía resignarme a la idea de que me despertaría al día siguiente y, en el breve duermevela del alba, volvería a encontrar en el corazón, antes incluso de abrir los párpados, este tormento familiar. Estaba cansado y dolorido hasta tal punto que solo podía recobrarme mediante un esfuerzo, una ruptura.
Decidí entonces esperar al día en las calles, pasar la noche en blanco, ya que toda la ciudad estaba desierta y el chirrido de algún carro lejano no era cosa de ciudad sino de campo. La tibieza del cielo ya no insinuaba una hora nocturna. Seguí caminando mientras miraba a mi alrededor, dirigiendo mis pensamientos desalentados al rumor de un remolino de hojas, a la negra transparencia del cielo. Nació así entre la noche y yo una intimidad vaga; vaga porque algo muy distinto me pesaba en el alma, y las casas, las farolas desiertas, la bóveda del cielo, pasaban a mi alrededor en silencio como ligera brisa. En el silencio mi gran dolor callaba casi amodorrado en lugar del cuerpo. Yo continuaba caminando; cruzaba callejas, plazas, avenidas; me acercaba al final de aquel camino interminable, que se acabaría solo en la mañana. Al tener una meta ya no temía al tiempo, y la propia soledad abolía la pasada conciencia de mí mismo. La mañana no me cogería a traición como suele; la hora insólita que vivía había absorbido ya toda la amargura, y yo iba a su encuentro como hacia algo nunca visto y mío. La saludé detrás de una casa de suburbio.
Cuando se desplegó e inundó las calles, yo empezaba a aflojar el paso. Ahora podía incluso detenerme y saborear el cansancio, abandonándome a las voces que la llamaban, frescas. Pero al detenerme, al dejar de evocarla e ir a su encuentro, se convertiría en una mañana como tantas otras, como ya había temido durante la noche. Por eso continué avanzando, oponiendo al residual dolor mi infatigable voluntad de vigilia. Pasé las últimas casas, llegué a un puente; al otro lado del puente comenzaba la campiña. Miré fijamente, al fondo de la llanura, una posada minúscula y parda, y me dispuse a alcanzarla.
Césare Pavese

Nuestra manera de vivir de Miguel Oscar Menassa.
Óleo sobre lienzo de 60x60 cm.
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-En Estados Unidos no se acuerdan de la guerra con España de 1898. Lo más viejo allí tiene diez años. (Woody Allen)
-Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren. (Jean Paul Sartre)
-Inteligencia militar son dos términos contradictorios. (Groucho Marx)
-Me niego a aceptar la idea de que la humanidad está trágicamente vinculada a la opaca medianoche del racismo y de la guerra, que hacen imposible alcanzar el amanecer de la paz y la fraternidad. (Martin Luther King)
-Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra, aun siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz verdadera. No hay verdadera paz si no viene acompañada de equidad, verdad, justicia, y solidaridad. (Juan Pablo II)
-La política es una guerra sin efusión de sangre; la guerra una política con efusión de sangre. (Mao Tse-Tung)
-La política es más peligrosa que la guerra, porque en la guerra sólo se muere una vez. (Winston Churchill)
-El patriotismo es el huevo de donde nacen las guerras. (Guy de Maupassant)
-Más vale una paz relativa que una guerra ganada. (María Teresa I de Austria)
-El gran Cartago lideró tres guerras: después de la primera seguía teniendo poder; después de la segunda seguía siendo habitable; después de la tercera ya no se encuentra en el mapa. (Albert Camus)
-Que más vale pobreza / en paz, que en guerra mísera riqueza. (Lope de Vega)
-Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería. (Otto von Bismark)
-La tolerancia no ha provocado nunca ninguna guerra; la intolerancia ha cubierto la tierra de matanza. (Voltaire)
-Los muertos son los únicos que ven el final de la guerra. (Platón)
-La primera víctima de la guerra es la verdad. (Hiram Warren Johnson)
-La guerra es una invención de la mente humana; y la mente humana también puede inventar la paz. (Winston Churchill)
No se puede decir que la civilización no avance, en cada guerra pueden matarte de una manera distinta. (Will Rogers)
-ESTÁ PASANDO, LO ESTÁS VIENDO, PERO NO LO PUEDES CREER. Un misil entra en la boca de un niño pidiendo libertad. (Miguel Oscar Menassa)
-El punto en la guerra lo pone el que pierde. Es decir, en toda guerra hay alguien que se rinde, eso es lo que pone punto final a una guerra, que haya un perdedor. (Miguel Oscar Menassa) |