Miguel Oscar Menassa
Argentina, 1940 |
POESÍA 2000
Deshojados rumores del tiempo
se abanican sobre mi cuerpo ya dejado de lado.
Son instantes que huelen a podrido, a carne agusanada.
Dejo volar mis manos
y el fin de siglo se conmueve por la pureza de mis gestos.
El apocalipsis esperado era esta página.
En medio de la guerra,
en medio de la guerra atómica,
en medio de otras guerras,
la guerra sucia, la guerra fría.
En medio de la droga, la pólvora,
la mutilación, la muerte,
el sida silencioso,
ha nacido el poeta.
Aquí me tenéis, soy el ejemplo posible.
En medio exacto de la locura universal,
vivo, no padezco de nada y cuando canto,
es una carne ajena la que canta en mi voz.
Soy los arrebatos inquietantes de la lengua,
una serpiente aligerada de su propio veneno,
sólo el movimiento de reptación al infinito,
luces perdidas negros senderos del silencio.
Soy un humano terrestre, lleno de algarabía,
la luz, que se bebe el futuro para contarlo.
Voz sin ecos, equilibrada voz sin ecos, voz.
El hombre me esperaba, suave caricia desgarrada,
que dejará en el inocente terráqueo sin medida,
sonora resonancia abierta, huellas de libertad.

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DESPERTAR
("Risveglio", 1942)
Originalmente publicado en Il Messaggero de Roma
(10 de abril de 1942)
y en Il Secolo XIX de Génova (17 de abril de 1942);
reproducido en Feria d'agost (1946)
Tutti i raccont (2002)
Aquella noche yo había sufrido una gran humillación, de esas que se reciben en medio de la gente sin que la gente se dé cuenta. Seguimos sonriendo, mis interlocutores y yo, como si nada hubiera ocurrido, y en realidad para ellos nada había ocurrido: simplemente se había dicho una frase que, para todos, incluido yo, era una broma. Pero un instante después respiraba con trabajo y me estaba encorvando en mi rincón, aturdido y absorto como un atolondrado. Por suerte nadie se fijó en mí y todos pensaban en hablar y hacerse oír. Incluso conseguí poco después intervenir también yo: traté de volver a llevar la conversación a la frase de antes; si eso era debilidad, o un desafío a mi angustia, no lo sé.
Cuando todos se hubieron marchado, yo, que sin embargo me mostraba soñoliento y flojo, acompañé hasta su casa a mi amigo P. Mi amigo callaba, de buen humor, y en vista de que yo no hablaba, me echaba miradas curiosas. Yo me preguntaba por qué había ido con él, y anhelaba la soledad del regreso para abandonarme al abatimiento y tocar su fondo. Había algo no dicho entre nosotros, y la cautela del amigo inconsciente añadía un malestar a mi desesperación. Porque esa noche estaba verdaderamente desesperado.
-Y mañana, ¿qué haces? -preguntó mi amigo, cuando estábamos a punto de llegar.
No sé qué le respondí, quizá solo uno de los gestos de impaciencia habituales entre nosotros. Debió de creer que mi malhumor lo causaba el sueño, y se marchó por la acera resonante. Yo agucé el oído a sus pasos, casi fingiendo para mí que su alejarse era la última voz de la vida que me dejaba, y encontrando en esta fantasía una especie de desesperado alivio. Luego di media vuelta y reanudé mi camino, abandonado a mí mismo.
(sigue...) |