LA PATRIA DEL POETA
I
Voluptuosa semilla, aquí me planto
y creceré y, aquí, echaré raíces
y tendré brotes que, a su vez,
tendrán otros brotes.
Decreto a la reseca meseta castellana,
la patria del poeta.
Arrancaré perfumes de tus rocas,
como de flores de la estación del sur,
y alguien dirá:
antes de los colores del poeta,
vos,
eras gris.
Y yo recordaré:
haberte pintado los labios con mi nombre.
Sobre el verde aroma del limón,
-caballo de los astros-.
Indio de luz,
cobre rasgado por el oxígeno vital,
mi poesía,
pulmón del universo.
Líquenes cenagosos
y alforjas repletas de manzanas,
detenidas en el tiempo del frescor.
Inmensidad,
verde infinito,
sesgo del sol,
entre las cejas del profundo mar,
atlántico silvestre.
No veis que soy el que os saluda,
desde más allá de las más altas cumbres,
más allá de los oscuros cielos de Dios;
desde la profunda galaxia de lo verde.
Meteórica expansión del arco iris,
soy un color que ya no tiene,
el blanco,
de la pequeña pureza inmaculada,
ni el manto negro de la muerte,
desolada,
ni los ojos sangrantes del rubí.
Soy del celeste cosmos y del sol,
la conjunción marítima y alada.
Mi voz,
es el rasguido de la guitarra astral.
Mi canto,
es el sonido gutural del tiempo.
Canto y estallo cada vez,
y cada vez,
me desintegro.
Pierdo mi ser entre fragmentos
y en ese vacío de nada y de color,
porque ya no seré,
recorro los espacios infinitos,
montado en verde luz,
pradera de los cielos
Pampa,
tendida en las alturas.
II
Pequeñas orquestas de marfil ejecutan,
cantos de violencia,
Opaco verme azul,
alegre y bestial entre violines,
feroz bajo de amor. Albatros y princesas.
Bendito verme solitario,
el que se arrastra vive en mí.
Soy el que vaga oscurecido por las aguas,
un feto y su destino:
Vertiente lumínica.
Catarata volcánica.
Verme infernal.
III
Soy el que llega del centro profundo de la tierra.
El ozono vil,
el oxígeno apasionado del universo,
la sangre bestial.
He decidido vivir en un trapecio astral,
ser la marioneta intergaláctica.
Provengo de la tierra,
soy el furibundo vendedor de ilusiones.
Mi vida es la de todos.
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Renuncia de Miguel Oscar Menassa.
Óleo sobre lienzo, 100x73 cm
IV
Humano por excelencia,
de lo inferior hice mi propia vida.
Andrajo del siglo,
muestra definitiva de la masacre,
perfecta basura inmortal.
En el espacio una brecha encendida de cielo.
Aguas y refrescos y manantiales rocosos,
púrpuras marinas,
estrellitas pequeñas y lejanas
y aceites luminosos de luz,
carne del siglo.
V
Aquí estoy en el incalculable espacio del horror.
Soy, en la quinta luna de Saturno, el ojo,
que mira el universo.
Siete mil años de carnes maceradas me dieron la visión.
Razón y verdad son, para mí,
afables ternuras del pasado.
Ojo caústico y apasionado indico nuevos rumbos:
vivir en un incuestionable vaivén
entre la tierra y el universo,
ser una proteína carnívora y sangrante
y, al mismo tiempo, un pedazo de cielo.
Una palabra en el espacio,
entre las infinitas,
sabanas de la muerte.
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