Louis Aragon
Francia, 1897 |
NO HAY AMOR FELIZ
Nada es para siempre en el hombre
Ni su fuerza ni su debilidad ni su corazón
Y cuando cree abrir sus brazos
Su sombra es la de una cruz
Y cuando cree estrechar su felicidad la tritura
Su vida es un extraño y doloroso divorcio.
No hay amor feliz.
Su vida se parece a esos soldados sin armas
Que habían vestido para otro destino
¿De qué les puede servir levantarse por la mañana
Ellos que se encuentran por la noche
sin nada que hacer inciertos
Diga esas palabras vida mía que detenga sus lágrimas.
No hay amor feliz.
Mi hermoso amor, mi querido amor, mi desgarro
Te llevo en mí como un pájaro herido
Y aquellos sin saber nos miran pasar
repitiendo detrás de mí estas palabras
que he trenzado y que para tus grandes ojos
enseguida murieron.
No hay amor feliz.
Cuando aprendes a vivir ya es demasiado tarde
Que lloren en la noche nuestros corazones al unísono
¿Cuánta desgracia hace falta para una mínima canción?
¿Cuántos sentires para apagar un estremecimiento?
¿Cuántos llantos por un aire de guitarra?
No hay amor feliz.
No hay amor que no sea dolor
no hay amor que no nos hiera
no hay amor que no nos mancille
y no más el amor de ti que el amor de la patria
no hay amor que no viva de llanto
No hay amor feliz.
Pero es nuestro amor
De los dos
Versión de Claire Deloupy
Tomado de Poetas Despiertos 20 de junio de 2002 |
Rafael Alberti
España, 1902 |
LA NIÑA ROSA, SENTADA
La niña rosa, sentada.
Sobre su falda,
como una flor,
abierto, un atlas.
¡Cómo la miraba yo
viajar, desde mi balcón!
Su dedo, blanco velero,
desde las islas Canarias
iba a morir al mar Negro.
¡Cómo la miraba yo
morir, desde mi balcón!
La niña, rosa sentada.
Sobre su falda,
como una flor,
cerrado, un atlas.
Por el mar de la tarde
van las nubes llorando
rojas islas de sangre.
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LOS ÁNGELES COLEGIALES
Ninguno comprendíamos el secreto nocturno de las pizarras
ni por qué la esfera armilar se exaltaba tan sola cuando la mirábamos.
Sólo sabíamos que una circunferencia puede no ser redonda
y que un eclipse de luna equivoca a las flores
y adelanta el reloj de los pájaros.
Ninguno comprendíamos nada:
ni por qué nuestros dedos eran de tinta china
y la tarde cerraba compases para al alba abrir libros.
Sólo sabíamos que una recta, si quiere, puede ser curva
o quebrada
y que las estrellas errantes son niños que ignoran
la aritmética.

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