Dámaso Alonso
España, 1898 |
VIDA DEL HOMBRE
Oh niño mío, niño mío,
¡cómo se abrían tus ojos
contra la gran rosa del mundo!
Sí,
tú eras ya una voluntad.
Y alargabas la manecita
por un cristal transparente
que no ofrecía resistencia:
el aire,
ese dulce cristal
transfundido por el sol.
Querías coger la rosa.
Tú no sabías
que ese cristal encendido
no es cristal, que es un agua verde,
agua salobre de lágrimas,
mar alta y honda.
Y muy pronto,
ya alargabas tras la mano
de niño, tu hombro ligero,
tus alas de adolescente.
¡Y allá se fue el corazón
viril!
Y ahora,
ay, no mires,
no mires porque verás
que estás solo,
entre el viento y la marea.
(Pero ¡la rosa, la rosa!)
Y una tarde
(¡olas inmensas del mar, olas que ruedan los vientos!) se te han de cerrar los ojos contra la rosa lejana, ¡tus mismos ojos de niño!

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Gabriel Celaya
España, 1911 |
UNA PAREJA PERDIDA
Iban los dos vestidos con descaro
-minifalda, melenas-
cogidos de la mano,
tan jóvenes que casi daban miedo,
tan absortos en un cero
que, aunque no se veían, les unía absolutos
algo fieramente puro.
Iban a cualquier parte cogidos de la mano.
Se amaban sin tristeza,
ni alegría, ni nada.
Y a veces se miraban, pero no se veían.
Y luego se sentaban en un banco cualquiera.
Pero no se veían.
Ella era muy bonita; parecía aturdida;
él, feroz y esmirriado.
No hablaban. No tenían ya nada que decirse.
Ya no se deseaban.
Pero seguían juntos, cogidos de la mano,
frente a algo que espantaba.
Mientras el transistor seguía sonando.

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