PUEBLOS LIBRES, ¿Y ESPAÑA?
Llegó la paz. Llorando reverdece
el arrancado olivo en los hogares.
Del corazón agónico amanece,
sube la vida a borbotón, a mares.
Desmantelada sube, sacudida.
Pero es ella otra vez. Ella: la vida.
La vida para todos los más buenos,
restitución de los perdidos soles.
La vida hermosa para todos... menos
para los combatientes españoles;
que la muerte de perros amarillos
aún les hinca en el alma sus cuchillos.
Miradla allí. La muerte está en su casa.
Oye un ciego reloj de horas desiertas,
y hay muchas calles donde nadie pasa
porque ya nadie puede abrir sus puertas.
Cuidad que ni una sombra se despierte
en esa triste casa de la muerte.
Llegó la paz. Y todos los caminos
son de regreso para el hombre. Canta
la semilla en los surcos matutinos,
el sol, de los escombros se levanta.
¡Paz a la mar, los cielos y la tierra!
Y al español, destierro, cárcel, guerra.
¿Qué queréis? El mundo se sonroja
con rubores de sangre todavía.
El árbol español cae hoja a hoja,
que un viento impele al mar de cada día.
Mas a pesar de tanto abatimiento
su tronco no está solo con el viento.
Manos insomnes, pechos repentinos
en las nieves que vedan las montañas,
anhelantes leones clandestinos
y un toro suelto ardiendo por España.
¡Sagrados héroes, santas servidumbres,
guerrilleros del frío y de las cumbres!
Por sed la luz, la noche por escudo,
la inaudita sorpresa por empeño,
por toda ropa el corazón desnudo,
la Libertad por desbocado sueño.
Que no estás sola, no, que por ti brillan
banderas que a tu nombre se arrodillan.
¡Oh banderas ocultas, oh lejanas
banderas que tus hijos derramados
mueven como un redoble de campanas
contra los ojos de la ley, cerrados!
¡Oh banderas errantes, oh banderas,
resplandor de las auras guerrilleras!
Y mientras allí mueren, aquí estamos,
pero aquí como allí permanecemos,
y el precio de la deuda que pagamos
nos lo deben, que a nadie lo debemos.
¡Oh vergüenza! ¡Oh tortura! ¡Oh gran castigo,
pagar en bien el mal del enemigo!
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¿Quién permitió esas luces inocentes,
esas mínimas caras desveladas,
esas pequeñas flores transparentes,
tras los alambres del horror clavadas?
¿Quién sentenció a morir la primavera,
quién la mató y la puso prisionera?
Llegó la paz. Y para el niño alumbran
otra vez las estrellas peregrinas.
Torres de luz y golondrinas.
Pero el niño español tan sólo advierte
las cometas del hambre y de la muerte.
¿Qué oscura mano helada lo aprisiona?
¿Qué maldición sobre sus hombros pesa?
¿Qué desdicha sin fin lo desmorona?
¿Qué espada consentida lo atraviesa?
¿Por qué tiene la paz, la paz querida,
la brisa de sus alas recogida?
¡Pueblos del mundo, pueblos! El poeta
hoy ya no canta, grita enfurecido.
¡No hay paz, no hay, no hay paz en el planeta,
si el corazón lo tiene ensordecido!
¡Pueblos libres! España no está muda.
Sangra ardiendo en mi voz. ¡Prestadle ayuda!
Rafael Alberti

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