Vladimir Maïakovski
Rusia, 1893 |
DE NIÑO
Recibí ampliamente el don de amar.
Mas desde la infancia
la gente
se educa en el trabajo.
Yo
vagabundeaba a orillas del Rioni,
paseaba
sin hacer nada.
Mamá se enfadaba.
¡Maldito vago!
Como un látigo papá blandía su correa.
Y yo
me iba, con tres rublos falsos,
a jugar con los soldados a las cartas.
Sin el peso de los zapatos,
sin el peso de las camisas,
bronceado en el horno de Kutaisi,
daba al sol la espalda
o la panza
hasta sentir punzadas.
Se asombra el sol:
“Apenas abulta
y ya tiene
corazón de hombre”.
Se lo toma a pecho.
¿Cómo es que en un metro
cabemos
yo,
el río
y kilómetros de cumbres? 
Espesa venganza, de Miguel Oscar Menassa.
Óleo sobre lienzo de 100x100 cm.
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SUELE SER ASÍ
Provistos de amor nacemos todos,
pero el trabajo,
el dinero
y todo lo demás
nos va secando el suelo del corazón.
El corazón se viste de un cuerpo,
el cuerpo de una camisa.
Pero no basta.
Alguno,
¡será imbécil!,
se pone puños falsos
y en el pecho se echaba almidón.
Ya se arrepentirán al envejecer.
La mujer se maquilla,
el hombre gira a lo Müller como aspas de molino.
Demasiado tarde.
La piel se repliega en arrugas.
El amor florece,
florece,
y se marchita.
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¡OÍD!
¡Oíd!
Si se encienden las estrellas
¿alguien las necesita?
¿alguien quiere que existan?
¿Alguien llama a esos escupitajos perlas?
Arrostrando
la borrasca del mediodía, la polvareda
penetra hasta Dios,
temiendo llegar tarde,
llora,
besa su nudosa mano,
implora
-¡necesita una estrella!-,
jura
no poder soportar este suplicio sin estrellas.
Luego
anda inquieto
fingiendo estar tranquilo.
Le dice a uno:
“¿Ya estás mejor, verdad?
¿Tienes ahora miedo?
Dí.”
Oíd.
Si se encienden
las estrellas
¿es porque alguien las necesita?
¿es indispensable
que todas las noches
sobre los tejados
luzca por lo menos una estrella? |