LAS 2001 NOCHES Nº 84

JUAN-JACOBO BAJARLÍA PRESENTACIÓN DEL LIBRO " EL HOMBRE Y YO" DE MIGUEL OSCAR MENASSA SOCIOS DE HONOR
LIMINAR PALABRAS DE MIGUEL OSCAR MENASSA TALLERES DE POESÍA GRUPO CERO
RETRATO POÉTICO DE BAJARLÍA PALABRAS DE MARÍA CHÉVEZ GRUPO CERO EN LA RADIO
"UNA CITA CON LA PALABRA"
INTENTO TERCERO DEL INTENTO DE PRÓLOGO DE LA OBRA: POEMA D ELA CREACIÓN PALABRAS DE ANTONIA SAN JUAN PRESENTACIÓN DEL LIBRO "MEDICINA PSICOSOMÁTICA I"
28 DE NOVIEMBRE DE 2005
CARTAS PALABRAS DE CARMEN SALAMANCA NO DEBEMOS CALMAR EL HAMBRE NUNCA
"JUVENTUD GRUPO CERO
"

 

En nombre de la Editorial Grupo Cero quiero agradecer al poeta Juan-Jacobo Bajarlía la fuerza que nos da verlo vivir y que haya permitido a nuestra modesta editorial la posibilidad, al publicar su POEMA DE LA CREACIÓN, que se abra para todos un camino de grandeza.

LIMINAR

Este Poema de la creación lo escribí en un bar de la calle Talcahuano, a media cuadra de Tribunales, en 1970. Conservo el pequeño cuaderno en que está volcado. Tiene 14 páginas manuscritas, y su letra es diminuta. El tema, la creación del mundo y del hombre, ha tentado a muchos poetas que, a fin, repitieron el relato de las Escrituras. Nosotros hemos eludido ese riesgo. La era cibernética en que vivimos exigía una escritura distinta, un conocimiento que abarcara la totalidad de un universo que ya no se rige por el azar y el enigma.

De las ideas del pasado en el Poema de la creación, hay una que retomo y siempre estará al acecho en la historia del tiempo: la ekpyrosis. Es decir, la destrucción cíclica del universo, como lo sostenía el estoico Zenón de Citio en el siglo IV a. de J.C. El mundo, decía, es corruptible y finito, y se engendra a sí mismo. Diógenes Laercio (VII, 97) cita su libro Del universo y agrega los de Crisipo, Posidonis y Cleantes.

Juan-Jacobo Bajarlía
Buenos Aires, 1996
 

RETRATO POÉTICO DE BAJARLÍA

Juan-Jacobo Bajarlía en la plenitud de su vida es ya una leyenda.

Pero la más bella leyenda: la de estar en la poesía, y no en la nefasta región de los que impostan la poesía que, a veces, suelen resultar excelentes “redactores de poesía”. Él ha hecho ya mucho –y sigue haciéndolo- como poeta y, como cruzado en el abismo, por la poesía y en especial por la más contemporánea.

Atípico hombre de sí mismo. Lo conocí una noche de un día feriado, allá por 1948 o 1949, en el departamento donde Edgar Bayley vivía con Matilde Schmiberg, muy cerca de la Estación Pacífico. Todos los almacenes estaban cerrados, pero recorriendo calles de Palermo Viejo encontramos, por fin, el botellón de vino que buscábamos con Edgar y Matilde.

Y ahora, después de tantos años, ¿qué ha pasado? A este poeta lo encuentro en una tentativa de trajinar sabanas (para mí todo es siempre sabana) de la infinitud. ¡Y de qué manera! Hacía falta entre nosotros un cantor lúcido de luz infinita, que trabajando con las imágenes de la creación, proyectara esas imágenes, sin que impureza alguna –siempre rechazada- se interpusiera entre el foco proyector de su corazón, de su tiniebla, sangre, razón ardiente, memoria, ciencia, poesía, y las pantallas receptoras del corazón de otros hombres: de los que aún conservan la inocencia de la poesía, del sueño y de la fraternidad.

 Sí, sin retóricas al uso falsamente histórico, falsamente político, falsamente religioso; sin la grandilocuencia tronante o moralizante de “antiparrados personajes oficiales” –al decir de Oliverio Girondo-, que a veces intentan escribir sobre la Creación, Bajarlía nos está donando un cántico, imperfecto como el amor o el sueño, como todo aquello que ES. ¿Surgido de la divinidad de la materia? Esa divinidad que adoraba Apollinaire. Su cántico dialoga con y hacia el Dios Infinitud, que está siempre muy cerca de los hombres, y comparte secretamente con ellos (o con algunos de ellos) su tabaco de oro y sangre salvaje de universo.

“Las aguas se bordaron en el día y un pez/inició la rebelión de sus aletas”, dice Bajarlía, y un poco más adelante, como sintetizando todo: “Yo soy el que estaré”. ¿Esto último nos arrebata toda idea de muerte? No lo sé, pero nos sentimos balanceados por el infinito, con toda nuestra sangre actual. En su canto aparecen las acciones-reacciones de los hombres, que nacieron como respuesta a las órdenes, los preceptos carcelarios, las falsas indicaciones de los destructores de las altas religiones.

Seguramente porque algunos lúcidos, y otros, desde la misma oscuridad, se sintieron inundados por ese Dios Infinitud, que a veces se deja entrever a ras del horizonte terrestre.

¿El deseo es la luz del sueño?... ¿La poesía es un diablo o un dios? No lo sé. Pero, sí, entreveo que es el Gran Sueño. El cántico de los poetas nos arrasa y nos enreda una tabla con leyes de sangre en el corazón.

Saludo a los que como Bajarlía tienen la certidumbre de que no hay técnica, cibernética, máquina, laboratorio, otros planetas, otros vuelos, invasiones, decretos letales, letras muertas, hemorragias de tecnologías bien o mal aplicadas, columnas de peste y pus, desamor y desprecio que puedan exterminar a la poesía y a las misiones –oscuras o solares- de los poetas.

Dice en otro fragmento de su canto: “No caerás en la idolatría: y al día siguiente levantaste un código de signos en el que cada cifra era una boca sin entrañas. El hombre se convirtió en un número que andaba”.

Esto último que cité del Poema de la creación, para mí no significa que la poesía no sea la secreta-insobornable-pasajera-viajera.

¿La enredadera, indefinible, del deseo de los hombres, donde canta todo amor y todo sueño terrestre? Y por último, esto muy bello que dice Bajarlía: “La poesía (¿quién la vio?) no tiene rostro, pero tiene una voz
que nos da sombra”...

Francisco Madariaga
Abril de 1996

125.001 ejemplares: NADIE, NUNCA, ME ALCANZARÁ, SOY LA POESÍA


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INTENTO TERCERO DEL INTENTO
DE PRÓLOGO DE LA OBRA:
POEMA DE LA CREACIÓN

Cuando en el mes de marzo de 1996, hace apenas dos meses y algo, Bajarlía me entregaba su Poema de la Creación, para publicar en nuestra modesta Editorial Grupo Cero, yo sentí cómo se abría alguna puerta en algún lugar maravilloso y, tengo que confesarlo, ahora, porque después no sería ya posible, que casi me dejó sin respiración cuando al entregarme los originales junto con un hermoso prólogo del poeta Francisco Madariaga me dijo: Menassa, quiero que el libro, también, tenga un prólogo tuyo.

Casi sin respiración porque no entendía porqué se le ocurrían esas cosas a ese hombre que yo consideraba, en un sentido estrictamente vital, mi maestro.

Para qué, me pregunté mil veces, en un segundo, quiere un prólogo mío si ya tiene un inteligente y, a la vez, hermoso prólogo de Madariaga, que por otra parte estaba en una posición mucho mejor que la mía para la tarea que se me encomendaba y que él ya había realizado, porqué, me preguntaba, se me hace llegar a esta situación, y tengo que dejar constancia que todo esto me ocurría antes de leer el poema.

Lo guardé cuidadosamente en un sobre junto con el prólogo de Madariaga y los originales manuscritos en un pequeño cuaderno que, de manera atolondrada, le prometí a Juan-Jacobo que a lo mejor además del poema se podrían publicar los manuscritos, ya que estaban escritos en un pequeño cuaderno.

Al llegar a mi casa de Buenos Aires, en la avenida Córdoba, guardé el sobre en la valija, para no perderlo y me puse a pensar no en el prólogo sino en la tapa (portada) que convendría al libro.

Evidentemente no pude llegar a ninguna conclusión, porque todavía no había leído el poema.

Pasó más de una semana y fue entonces donde, a la hora de la siesta y en compañía de la bella Olga, nos pusimos a leer el poema, primero lo leí yo en voz alta y el poema nos resultó maravilloso, evidentemente en el poema estaba la creación, después ella leyó el poema en voz alta y nos volvió a resultar maravilloso, mientras ella leía yo tomé algunos apuntes que luego olvidaría en Baires.

Repetimos la operación de leer en voz alta tres o cuatro veces más y después hicimos el amor.

Y no fue un amor cualquiera, el poema había repercutido en nosotros de una manera extraordinaria. Millones de bacterias se movían a nuestro compás generando la vida y cuando el Poeta destejía los sonidos para fundar el equilibrio, la bella Olga y yo mismo caíamos, sin par, sobre nosotros mismos, buscando algo que no existía sino en el centro de la creación, el poema.

Luego fuimos incendiados juntos con las galaxias y nuestros cuerpos se expandían hasta tocar el universo.

Claves, mujer y formas dormían en las manos del Poeta. El poema seguía avanzando sobre nosotros. El Poeta y la eternidad eran un mutismo enfurecido. La materia soñaba y nuestros cuerpos sólo podían escuchar la voz.

Yo soy el que estaré
y tendré la luz
en tu vientre.

Los elementos recónditos de la materia nos dieron la palabra, el grito.

Hicimos el amor pero no fue un amor cualquiera, parábolas de cielo telegrafiaron sobre nuestro pequeño amor, la muerte, la energía, el genio, los siglos, la serpiente. Hasta bebimos en bellos odres galácticos, un vino planetario, que puso en nosotros eternidad vacía y llenos de terror vimos todo el pasado y los timbres de las palabras, el Poeta alcanzaba su máxima fuerza, aniquilaba todo futuro.

Al levantarnos de la siesta, yo me puse a pintar y en tres días había comenzado cuatro cuadros que todos podrían ser portada del Poema de la Creación. Con uno de ellos, unas horas antes de volver a Madrid, llegué a pensar que ese cuadro sería el prólogo del libro, después, descarté la idea por absurda.

Al llegar a Madrid leí el poema en varios talleres de poesía, con gran éxito, y a los socios de la Editorial, que sintieron que la publicación de ese poema abriría para todos nosotros una nueva época, pero lo que no podía era ponerme a escribir el prólogo que me había encomendado el Poeta.

Volví a leer lo escrito y reconocí haber hecho algo y si yo no tuviera casi 60 años y no estuviera prologando un libro de un gran escritor de casi más de 80 años, diría que el libro actuaba sobre mí, como una sustancia afrodisiaca. Cada vez que lo leía o lo miraba, apenas, o lo tocaba con la punta de los dedos, a los pocos minutos me encontraba haciendo el amor.

Y no un amor cualquiera. El Poeta hacía que de nuestros cuerpos brotaran cual luciérnagas enamoradas, el odio, la estafa, los signos, la ausencia, los garfios, los semáforos negros, los colores, las razas, la pereza, la inteligencia artificial, la ambición, el desprecio, la destrucción, la misma muerte copulaba con nosotros, y el futuro se fundía con un pasado sin memoria.

El final del poema es la consagración, pero no de la primavera o del amor sino, sencillamente, de la inteligencia.

Por eso esta vez dejo el amor flotando en la penumbra para que sea encontrado por los más audaces hasta alcanzar el movimiento de los astros y de esa manera dejo que el lector descubra por sí mismo que toda luz, toda creación, todo misterio, toda inteligencia, sólo es tiempo y deseo.

Antes de terminar y para dar paso a lo que nos convoca:

El poema, la creación, quiero escribir para que se entienda, un poco, mi decir, que cuando yo era un pibe, Juan-Jacobo, ya era un gran amante. Que cuando yo era apenas un adolescente de 10 años, Juan-Jacobo Bajarlía publicaba sus primeros libros de poemas. Y cuando yo era un joven en los primeros años de medicina que escribía mis primeros poemas, Juan-Jacobo, ya era el Gran Bajarlía, el maestro.

Después cuando mayor, hace apenas un año cuando lo conocí personalmente él ya había hecho de todo: novelas, novelas policiales, poesía, relatos eróticos, abogado criminalista, ensayos, teatro, había sido premiado varias veces y había traducido a los grandes; pero eso no era lo peor sino que, después de haberlo hecho todo, lo seguía haciendo.

Miguel Oscar Menassa
5 de junio de 1996
 

El día aún era noche en el átomo.

Crujía en el signo y se movía arrastrando los bloques
         de silencio que la edad había sepultado.

Tú eras ya el anuncio de una bacteria que buscaba
         otra bacteria,
         un sonido que yo destejía para fundar el equilibrio.

No había abajo ni arriba. Lo que estaba a la izquierda
estaba a la derecha y en todas partes.

El centro era todos los centros en un círculo que
          buscaba los números.

Moví una idea.

La palabra movió la noche, y la oscuridad la luz.

Las aguas se bordaron en el día y un pez inició
la rebelión de sus aletas.

Avanzó por la línea enardecida que separó la muerte
          de la no-muerte
                             el silencio del sonido.

 


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Después encendí las estrellas las galaxias los
        cuásares profundos que iluminaban
        los átomos para que el cosmos se expandiera.

Te di una mujer para adornarte
una clave para alimentar tu pensamiento
las formas por hacer que dormían en mi mano
la luz que caía desde un párpado que avanzaba en la
         noche donde yo y la eternidad éramos un mutismo
enfurecido
la imaginación que crecía en los límites
la materia que soñaba.

 

Después puse un signo en tu lengua
             y el sonido resplandeció.

Puse decibeles para crecer en la extensión
       protones invisibles devorados por el quark
       una columna de átomos donde descansaba la fuerza
             que traía de la profundidad.

Puse el fuego en tus ojos
       la eternidad en tu cintura
       el mando en tu voz
       la idea de una llama que avanzaba en tu sangre
       y perforaba el pensamiento.

 

Eras una partícula que ya no se arrastraba
             y ganaba altura
una garra que caía en aluvión y recogía el universo
en la caja de un sueño donde danzaban los espectros
             de otras estrellas aplastadas en órbitas enmohecidas,
un tentáculo que enredaba los mundos habitados
            para decirse el vencedor
una gota de sangre para ahogar la esperanza
un navío que acumulaba el espacio curvado
           lleno de parábolas que jamás se tocaban
un hilo que se enredaba en el rictus
            y dibujaba una palabra para telegrafiar a la muerte.

Pero Einstein había dicho que la materia es energía,
y el Genio al pescador, que después del tercer siglo
          destruiría al que lo sacara del abismo,
y Gilgamesh, que había perdido la hierba de la vida
          por causa de la serpiente,
y Batharly el Apócrifo, que las galaxias eran cúmulos
          coléricos donde flotaban los espectros
          que amanecían en el vino planetario,
y yo a ti, que la eternidad es una redoma que se vacía
          a cada instante
             colocada en el olvido.
Pero tu garra se deslizaba levantando tumbas
cruces de luz que borraban el pasado
palabras llenas de timbres que aniquilaban el futuro.

 


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Pedí el Libro para inscribir las hazañas.

La primera: Harás el amor.
     Y sólo brotó el odio.
      Las órbitas espaciales se llenaron de ojos muertos.

La segunda: No mentirás.
       Y brotó la estafa.
       El hombre contó sus huesos y sus nervios
       y los puso en la balanza para venderlos.

La tercera: No caerás en la idolatría.
       Y al día siguiente levantaste un código de signos
       en el que cada cifra era una boca sin entrañas.
El hombre se convirtió en un número que andaba.

La cuarta: No robarás.
       Y estalló la ausencia.
       El pan que te di para vivir se deslizaba en el corazón
       de las hienas.

La quinta: Le darás una mano al necesitado.
       Y tus dedos se llenaron de garfios.

La sexta: No traicionarás al amigo.
       Y al día siguiente tus deseos avanzaban en el vientre
       de la mujer.
       El planeta era una matriz donde las bacterias
       competían con el hombre.

La séptima: No construirás ataúdes.
       Y se encendieron los semáforos negros
       sobre el vacío.
       La luz era un cono que recogía las palabras.

La octava: No dividirás.
       Y en seguida instauraste los colores.
        Las razas extrajeron sus imágenes de un espejo
        multiplicado.

La novena: No violentarás tu cuerpo.
       Y al día siguiente el cansancio parió las invenciones,
       y la pereza, la inteligencia artificial.
       Las larvas fueron el filtro que codificaba el sexo,
       que accionaba el placer en pequeños puntos
       cuyas antenas alzaban el deseo
       de viejas computadoras que gemían.

La décima: No matarás.
        Y nacieron la ambición, el desprecio, la alienación
         y la destrucción.
         Los átomos copularon en vulvas de hierro que giraban
               hacia mundos pulverizados.
         Perdieron sus núcleos y cayeron en cadena
               enlazando imágenes
         esqueletos que colgaban de sus números
         fotones de otras partículas que fundían el futuro
                con el pasado sin memoria.
 

 

En el fondo del Libro, Armedonis de tres cabezas (la primera de
      toro, la segunda de hombre y la tercera de cordero) unidas
      por una cola de serpiente que sostenía su columna y daba
      siete vueltas por su vientre, narraba esta historia:

Le dijeron a la oscuridad:
      De esta parte del caos hay barro y luz que aún no he separado.
      Elige lo uno o lo otro. Y en lo que elijas yo pondré la
      voluntad. La oscuridad eligió el barro porque ambos eran
      turbios. Yla voz dijo: Adán, eres de barro y tendrás mi voluntad.
      Pero tu vientre estará vacío como una bolsa.
      Entonces vino Eblis y le colocó el deseo en el fondo de esa
      bolsa. Cuando Adán compareció a la luz, era tierra que
      andaba multiplicada de signos que sólo hallaban la oscuridad.

La segunda narración de Armenodis contenía la historia de
    Azrael:
    Adán había nacido muchas veces y siempre había rechazado
    la luz. Y Azrael le había dicho: Por ser la oscuridad y
    el barro, pedí para ti la Luna, las estrellas, las galaxias.

Pero tu vientre vacío contenía una mutilación.
     En esta línea me introduje cuando Eblis puso el deseo. Por
     eso, cuando mueres, estallo en tu cuerpo y te llevo hacia la
     luz que no ves. Ésta es la causa de tu nuevo nacimiento.
     Pero tu vientre sólo acumula el deseo. El ciclo se repite y
     los signos se rehacen como en el primer origen. Si algún
     día te ofrecen una opción, no pidas el deseo. Pide la luz.

 

 


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Pero la voz cayó en humedad sobre la órbitas
que desplazaban vientres oscuros desde
la profundidad.

Los navíos de viento que recogían el espacio
y filtraban la inteligencia en las nubes
que devoraba el caos
se llenaba ahora de lodo y estiércol.

Tus ojos arrancados, desecados al sol por Cibernius,
eran una franja de colores que volvían al abismo.
Robot, Cyborg y Orgcí
y los otros seres del Artífice
dictaban sus designios
y llenaban el sexo de cajas musicales que atornillaban
para el próximo Adán.

Miguel Oscar Menassa, Juan Jacobo Bajarlía, Koremblit, Liliana Heer, Rodolfo Alonso y Juan Carlos De Brasi.

CARTAS

7.XI.Buenos Aires/1996

Para Miguel Oscar Menassa

Querido amigo:
Estuve con los amigos de la Fundación del Libro.
Les hablé nuevamente de vos. Me dijeron que te van a invitar para la próxima Feria Internacional del Libro. Espero que esta vez se concrete la promesa. La “cocina” de la Fundación es un hervidero de intereses y acomodos. La única ley es la del amiguismo.
La calidad y los merecimientos ya son términos obsoletos.
Conciben la inmortalidad como un queso que se puede repartir en rodajas para los amigos. Es la asociación del autobombo.

De realizarse la invitación, el comunicado llegará a la Escuela del Grupo Cero en Buenos Aires.
No sé cómo van tus cosas. Te envío la foto de la presentación del Poema de la creación. Estamos todos: vos, yo, Koremblit, Liliana Heer, Rodolfo Alonso y De Brasi. Faltaría Marcela Villavella. No alcanzó el largo.

Varios pintores que llegaron a casa, entre ellos Víctor Larrosa,
quedaron maravillados con tu pintura de La creación.

Un abrazo. Recados a Olga.

Juan-Jacobo Bajarlía

6.VI.Buenos Aires/1998

Para Miguel Oscar Menassa

Querido poeta y amigo:
Te envío la fotocopia de una carta enviada a mí por la poeta Sara Maffei. En ella te subrayé y puse “llave” a párrafos donde te evocan con admiración. Sara Maffei es una de las pocas poetas buenas que aún tenemos en Buenos Aires. Yo le pedí unos poemas para la antología que estás preparando. Van con esta carta, acompañados de su currículo. Espero que compartas mi opinión.

Te envío, también, mi traducción de El conde Oxtiern, del marqués de Sade. El drama va acompañado de algunos de sus cuentos y del Diálogo entre un sacerdote y un moribundo. Este libro, en realidad, es la segunda edición. La primera fue destruida por la lluvia, y especialmente porque el editor no le abonó a la imprenta el precio convenido. De ahí que mi prólogo vaya firmado en 1982 cuando la Nota de Ricardo Álvarez, el nuevo editor, lleva fecha de 1994.
Va, asimismo, la antología de Osvaldo Svanascini: 23 Poetas argentinos contemporáneos.
Tu inmensa Las 2001 Noches Revista de Poesía, perfora ya los espacios siderales. Es un agujero luminoso que devora y muestra al mismo tiempo esos quásares (en este caso, inextinguibles) que son los grandes poetas. Tu indetenible fuerza demoníaca, tu ingente fervor ha reducido a polvo las barreras.
Has reducido a la nada a los señores de horca y cuchillo, agazapados
en esas letrinas mediáticas donde sólo se concibe el acomodo coprofágico y la defecación incesante de envidiosa tintitis.

Un abrazo. Recados para Olga. Míos y de Enriqueta.

Juan-Jacobo Bajarlía

 


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Palabras de Miguel Oscar Menassa
1

Vivir en dos países, amar a dos culturas, intervenir en dos políticas, hablar con cien mujeres o ser un triste.

Y no soy un triste a los 65 años porque a mis 35 años abandoné la academia y la guerra y tomé el camino de la mujer.

30 años después, cuando ya me correspondería abandonar el tema, os quiero decir compañeros hombres, que para mí hasta aquí, todo fue maravilloso.

No era que yo pagaba para que las mujeres fueran menos locas, sino que ellas pagaban para sostener, mi delirio de amor, eternamente.

Y claro, yo me sentía permanentemente recuperado.

Todo comenzó cuando les dije la primera frase. La frase hizo dos efectos, uno en ellas, no habían escuchado nunca una frase así, entonces me dieron un vaso de agua. Otro en mí: al darme cuenta que mis compañeros hombres no sabían hablar o peor aún, no querían enseñarle a hablar a las mujeres, entonces dije cuatro frases.

Una mujer tiene la obligación de liberarse porque si la mujer se libera puede llegar a liberarse la poesía y si la poesía se libera también podrá liberarse el hombre.

2

Hoy es un día memorable para mí. Tengo 5 (cinco) triunfos en mi mano, así que, esta vez, espero jugar bien la partida. El Psicoanálisis, la Medicina, la Poesía, el Cine y la Canción me acompañan.

Y ahora, quiero confesarles algo que en el mundo en que vivimos no es muy común:

Hoy por fin, aquí con ustedes, soy feliz.

Hoy deseo vivir 200 años, y si no se puede sé que, al menos, algo de nosotros, de nuestra poesía, de nuestro psicoanálisis, de nuestro cine, de nuestra medicina, de nuestra canción, vivirá, tal vez, más de 200 años.

Ahora, con la tarea realizada: para ser inmortales; queremos dedicarnos al cine, a la poesía, a la canción, al psicoanálisis, a la medicina.

En los ratos libres pintaremos todo lo que sea necesario para crecer y reproducirnos.

He cumplido 65 años y reconozco haber sido siempre un gran jugador, es por esa razón que al entrar en la tercera edad apuesto todo lo que tengo para ver si consigo vivir, a cualquier edad, todo lo que me toque vivir.

A la vejez,
nunca más
un goce le quitarán.

Gracias, después, algún día, alguno morirá y la vida es la vida, la vida tiene la obligación de seguir.

Y con esta frase doy comienzo a este acto porque tal vez en esta frase se encuentre todo mi deseo.

La presencia de la amistad, la presencia del amor, la presencia de psicoanalistas reconocidos tanto en Europa como en América, la presencia de poetas que aún no me merezco. La presencia de lo que nosotros denominamos, la vanguardia de la medicina, también de la canción. Y del cine, nuestra joya. Y al nombrarla me da placer hacerlo, Antonia San Juan, nuestra joya, aquí presente, para ver si podemos, con ella, su arte y su disciplina, y entre todos nosotros, arrancarle una sonrisa al mundo.

Bien acompañado, con algo de dinero, la poesía no me abandonará.

Si, además, no soy muy descortés con las otras disciplinas que no son poesía y tolero que la historia del mundo no sea la historia de mi vida. Y con tanto médico, poeta, psicoanalista, artista, empresario a mi alrededor, vivir 200 años está chupado.

Perdón y Gracias.

Presentarán el libro tres mujeres que representan para mí tres campos del saber: María Chévez: La primera mujer que publicó sus versos en la Editorial Grupo Cero. Carmen Salamanca: La primera mujer que ocupó un cargo jerárquico en la Dirección de la Editorial Grupo Cero. Antonia San Juan: La primera mujer que hizo que todos nosotros nos dedicáramos al cine.

Y por último, la banda INDIOS GRISES: Leandro, Martín, Adrián, Kepa y Sergio que tienen la valentía de ambicionar componer la música, cantar, realizar y comercializar, canciones con mis letras.

A ellos corresponde abrir el acto.

Palabras de María Chévez

Un libro nuevo entre las manos significa siempre una ampliación de la realidad productiva y cotidiana. Una puerta se abre hacia un espacio que antes no estaba en ninguna parte, un lugar donde todo lo imaginario del hombre nos pertenece, donde resuenan en sincronía sin par las voces eternas de los poetas que amamos.

Quizás estos no sean exactamente tiempos de poesía ni de pensamiento, lo que no quiere decir que haya que abdicar de ellos, ni siquiera de recurrir al maquillaje, pues son ellos mismos, poesía, pensamiento, los que sin intentar lo imposible, adecuarse,


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transformarán su aspecto para acompañar a los humanos que quieran vivir con ellos todo trayecto.

Hemos sido convocados hoy por un libro de Miguel Oscar Menassa, El hombre y yo, en el cual vemos una vez más su apasionado aporte al mundo de la poesía, de la creación.

Menassa publica desde 1960. Incluido en numerosas obras colectivas y antológicas ha escrito poesía, psicoanálisis, novelas, canciones y guiones cinematográficos. Se ha dedicado desde 1978 a la pintura de la que ha dado muestras en prolíficas exposiciones personales.

Dirige en la actualidad la Escuela de Psicoanálisis y Poesía Grupo Cero en cuyos cursos y talleres se forman psicoanalistas, se producen poetas, pintores, textos escritos y obras de la creación.

Siempre activo y genial, también se dedica a producir películas, radio y hasta una banda de música, Indios Grises que produce y difunde su propia producción. Ser el director de Extensión Universitaria, revista de Psicoanálisis y Las 2001 Noches, revista de Poesía, son otras de las actividades cotidianas de este escritor que es también médico y psicoanalista, que trabaja diariamente en la clínica del psicoanálisis y al frente del Grupo Cero desde su fundación en 1970, siendo su anhelo permanente un hombre cuyo grado de libertad es también su posibilidad de humanidad, porque, nos lo dice de mil maneras en sus escritos, en sus conferencias, en la pintura, en el cine. En especial en este libro que hoy presentamos, podemos leerlo en el poema 11:
“Fueron palabras / todos mis odios, / todos mis amores, / el sexo y la locura / fueron palabras / hasta la libertad, / sólo palabras”.

Artífice y constructor de un camino singular para la poesía contemporánea, es un maestro inspirador, verdadero artesano del estilo.

De él ha escrito Juan-Jacobo Bajarlía “la correspondencia de tus imágenes con la poiesis, la tan inextinguible invención de toda poética, Poiesis, poética en griego, es esta invención. Y esto es lo que hay en tus libros”. Es la invención entre la vida y la muerte, dice Bajarlía, que sólo un poeta como vos es capaz de realizar en un medio que descree de las grandes creaciones.

Miguel Oscar Menassa.

“Tus fervorosas imágenes son antológicas, tus sonetos no pueden faltar en una clase de métrica y literatura”.

Como Menassa mismo ha expresado, pertenece al tiempo de la gran poesía americana. Para este autor de numerosos poemarios, el deseo, como la poesía, como la imagen, son puro desplazamiento que al carecer de sentido permite atribuírsele infinitos sentidos; para éste poeta no hay formas acabadas y la misma forma es el contenido. Admite amar especialmente a Alberti y Aleixandre entre los poetas españoles.

Entre sus próximos proyectos editoriales está la antología Poesía Hoy en la que se incluirá toda la buena poesía iberoamericana contemporánea.

Su obra poética ha sido traducida al francés, al inglés, y más recientemente al portugués; también al sueco y al hebreo, entre
otros idiomas.


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Indios Grises cantando.


Este hombre de un pensamiento claro y vigoroso es también un poeta que domina su arte. En su trilogía La poesía y yo, La mujer y yo y El hombre y yo, se autodefine poéticamente diciéndonos en el primero de ellos: “Caballero de la poesía / monto en pelo / a lo indio / una yegua con alas”.

Y también: “Soy el vértigo azul de la congoja / lloro por todo aquello que no pasó”.

Y aclara: “Soy una sed enamorada de sí misma / un poeta y el vértigo de serlo / un pequeño genio y su locura”.

Palabras de Carmen Salamanca

En 2003, Menassa publicó La mujer y yo y han sido necesarios dos años y medio de intensa investigación grupal para procesar ese libro: Dos congresos internacionales, uno en Buenos Aires y otro en Madrid; 4 cortometrajes: De mutuo acuerdo, La venganza del goce, Hay hombres que no saben y El hombre del caballo; y, también unas 100 canciones.

Todo ello antes de que le permitiéramos hablar, otra vez, al poeta.

Antonio Machado aconsejó: “Da doble luz a tu verso,/ para leído de frente/ y al sesgo.” Y en la poesía de Menassa, el sesgo alcanza dimensiones impensables. O, lo que es lo mismo, su escritura abre infinitos sentidos a lo humano.

Hoy la apuesta se llama El hombre y yo ¿A qué hombre se refiere, quién es ese yo? Por definición, en poesía las palabras dicen más que lo que dicen. Pero ocurre que el soporte material de esa escritura, su envoltorio, el objeto libro, es lo que nos introduce en el poema y, una vez publicado, forma parte de él.

Las presentadoras: María Chévez, Antonia San Juan, Carmen Salamanca

Empecemos, pues, por la portada. En el centro, y sobre fondo rosa, un cuadro de 1982 en suaves tonos pastel, amarillo y naranja, es el Autorretrato de espaldas. Encima, el negro brillante de las letras imprime al título cierto aire masculino, varonil.

El resultado es, cuanto menos, enigmático: un hombre, un yo y una silueta sin rostro, quizá la del poeta.

En contraportada, un renovado Menassa, todo cuerpo, nos sorprende con el esplendor de sus 65 años mientras avanza con decisión hacia las letras que nombran su futuro.

Abrimos el libro y, ya en las primeras páginas, se va construyendo ese rostro que, con mirada firme y serena, afronta la pregunta que precede al texto: “¿Qué quiere decir yo soy un hombre cuando soy yo el que habla?” Por momentos, la cosa se complica.

Pero todo eso ¿qué tiene que ver con la poesía? Pregunta, desde el 19, “el hombre aquél/ que no se quiso arrodillar” y, al final, “murió a mediana edad/
paralizado y solo.”

“El poema es, también,/ el aire que corre.” “Además, la poesía tiene el don/ de combinar, alegremente,/ lo bello con lo feo,/ lo muerto con lo vivo,/ el dolor con la risa,/ ...” Responden 23 y 24.

Nos damos cuenta de que, en este libro, todo se combina, alegremente,
en ese YO donde convergen personajes tan dispares como auténticos. No se trata de encontrar una definición certera y universal que tranquilice y cierre sino, más bien, del incesante deambular del deseo que nos arrastra, ciegos, tras un imposible.

El YO, entonces, se ofrece como lugar común para esa multitud que el poeta irá citando a comparecer ante nuestros ojos.

Nos mostrará hombres y mujeres que, seguramente, nos habitaron alguna vez aunque, como le ocurre al poeta, no sepamos cual de ellos será nuestro dueño un día.

Podríamos decir que estamos frente a un “yo es otros”, como diría Freud. Un extenso catálogo de lo humano donde la verdad es ella y, también, su contrario, en el mismo instante.

Y así, con el alma puesta a florecer “al sonido/ de los tambores libertarios/ del sexo y la locura”, transcurren los 34 primeros poemas del libro, para este yo incalculable. En los dos últimos, la cosa cambia.

En el 35, el YO, libre al fin de otros, rompe la baraja y, con la satisfacción del deber cumplido, concluye: “Yo, mientras tanto,/ seré mi propia creación”.

 


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Indios Grises: Sergio García, Kepa Rios, Martín Cipriano, Antonia San Juan, Miguel Oscar Menassa, Adrián Castaño, Leandro Briscioli.

Una creación cuyo final, es el final. “Cuando mis manos/ pierdan la alegría,/ morirá un poeta.” Ya dijimos que la alegría era combinar palabras, uno de los dones de la poesía.

Estamos en el último poema, el 36, y debo confesar que me pone carne de gallina, no tanto por recordarme mi destino mortal (que también) sino por la manera en que lo escribe, clara y sin fisuras, directa al corazón.

Pero, dijimos, el sesgo es inagotable y, en el centro justo del drama, creo atisbar en el poeta un toque de ironía. Y es que después de tanto visitante, no me extraña que especifique:

“Y es una casa limpia/ lo que ambiciono/ para el lejano y cercano/ día de mi muerte./ Una casa vacía,/ sin puertas,/ sin ventanas,/ sin nadie/ que quiera tomar el sol, el aire”.

Esto respecto al yo pero ¿qué podemos decir del hombre? Recurro a los últimos versos del poema La muerte del hombre, publicado por Menassa en 1976. Hace 39 años y, a mi entender, es una definición insuperable:

“Un poeta asesinó su hombre/ para escribir este poema/ y eso/
es un hombre”.

Palabras de Antonia San Juan

Buenas noches.

Estoy muy contenta de estar aquí con todos ustedes para presentarles la más reciente publicación de un poeta al que yo admiro especialmente. Su nombre es Miguel Oscar Menassa.

Desde que le conozco siempre fue un ejemplo para mí. Con él aprendí que la inteligencia siempre se comparte y que eso sólo lo hace posible el trabajo. Y fruto de su trabajo es el libro que hoy presentamos. Su título “EL HOMBRE Y YO”. Pertenece a la colección “Poesía 2001” de la Editorial Grupo Cero, a quien doy las gracias por haberme invitado a presentarlo.

El psicoanálisis es un hecho exquisitamente comunitario, por eso es que, delante de todos ustedes, vengo a dar las gracias al psicoanálisis, ya que sin él no hubiese llegado hasta aquí.

Leyendo el libro me pregunté: “¿Mujer independiente o / tigre liberado de la selva?”

Y la respuesta que me di fue que “hay mujeres en mí / que aman la vida / y mujeres que aún / no han comenzado a amar…”

Y aún que “…a veces, / soy la mujer sembradora / de todas mis desgracias, / de todos mis fracasos.”

Por eso “Hombres de mí, / mujeres de mí, / niños y ancianos de mí, / vida y muerte de mí, / os convoco al poema.

Les dejo con el poeta.

Gracias.


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