LAS 2001 NOCHES Nº 80

ACERCA DE LA ESCRITURA EL POETA ALEJANDRA PIZARNIK
MIGUEL OSCAR MENASSA PABLO NERUDA EL SUEÑO DE LA MUERTE O EL LUGAR DE LOS CUERPOS POÉTICOS
XV CONGRESO INTERNACIONAL
GRUPO CERO
LA MUJER Y YO
ARTE POÉTICA AFORISMOS
SOCIOS DE HONOR VICENTE HUIDOBRO OLIVERIO GIRONDO
DÁMASO ALONSO ALIENTO NO DEBEMOS CALMAR
EL HAMBRE NUNCA
EDAD NEGRA JORGE LUIS BORGES INAUGURACIÓN DE LA MUESTRA DE ÓLEOS "FRUTOS DE PRIMAVERA"
CESAR VALLEJO ARTE POÉTICA PRESENTACIÓN DEL LIBRO
"LA PALABRA EN BLANCO"
LA PUNTA DEL HOMBRE... ARTE POÉTICA NOVEDADES 2005
OLIVERIO GIRONDO FRESCORES FERIA DEL LIBRO DE MADRID
HAY QUE BUSCARLO OLGA OROZCO GRUPO CERO GETAFE
VICENTE ALEIXANDRE EL SEXO DEL AMOR GRUPO CERO ALCALÁ DE HENARES

ACERCA DE LA ESCRITURA

MIGUEL OSCAR MENASSA Argentina, 1940


PSICOANÁLISIS Y POESÍA
ZARAGOZA, 1990

Para la charla coloquio de esta tarde traigo apuntes con los cuales
intentaré desarrollar los siguientes cuatro puntos:
a) La escritura como un trabajo y el poema como un efecto del
trabajo realizado.
b) La diferencia radical entre la vida del escritor y su obra.
c) La escritura como algo que pertenecía a pequeñas élites: sólo
los poderosos podían escribir.
d) La escritura es una lengua diferente a la lengua hablada.

Relacionando estos puntos, digamos para empezar que el que
sabía hablar no sabía el idioma que hablaba, en tanto el idioma que
hablaba se transmitía por intermedio de la escritura que, en realidad,
era otra lengua de la que hablaba.

Siempre se le ha dado a la escritura, al escritor, al poeta, a la
poesía, un lugar -si bien denostado y perseguido-, siempre privilegiado.

Este planteamiento lo hago en tanto que pienso que la poesía
es un trabajo. Ahora iremos a los instrumentos.

Para que la poesía sea un trabajo, tengo que tener instrumentos.

Esos instrumentos son el sujeto que escribe o están en el sujeto que escribe. Es decir, cualquier sujeto parlante podría desarrollar el ser de la escritura.

Esta concepción choca con las ideas de inspiración, musas, élite,
nobleza, dando lugar a una socialización de la escritura.

El capitalismo genera un proceso de socialización universal, es decir, la irrupción del capitalismo como modo de producción en nuestras civilizaciones produce como resultado un efecto humanizador, un efecto civilizador.

La socialización de la mercancía, la posibilidad de que la mercancía llegue a mercados infinitos, abre las compuertas y los medios para que también se pueda llegar a pensar en la socialización del lenguaje, en la socialización de la escritura.

Entre cualquier jefe de sección en cualquier fábrica más o menos moderna y un maestro de escuela hay quinientos años de diferencia en favor del jefe de sección de la fábrica.

El objeto técnico en su proceso de socialización se adelantó al proceso de socialización de la cultura, de la escritura, de la lectura y, por lo tanto, éstas se atrasaron quinientos años.

Si pensamos cómo se produjo la máquina herramienta, veremos que fue la física la que la hizo posible. La física hace posible el capitalismo: sin la física, sin la máquina herramienta, sin la rueda sinfín, no podría haber habido producción en serie. Por lo tanto hubiese sido una ficción el proletariado o el capitalismo.

La física posibilita la fase de producción capitalista, pero es también la fase de producción capitalista la que genera nuevas opciones, como mínimo, de lectura de la realidad. La máquina infernal que nos somete es la que nos posibilita la puerta de una posible libertad. La Teoría del Valor y la Teoría del Inconsciente así lo atestiguan.
 

125.001 ejemplares: NADIE, NUNCA, ME ALCANZARÁ, SOY LA POESÍA


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Para conversar, elegí tres poemas míos que tienen que ver con el
arte poético. Los tres son diferentes y pertenecen a épocas distintas de mi escritura, y definen situaciones diversas de la creación.

En uno de ellos se ve claramente cómo el sujeto que está escribiendo, el poeta, está procesando que la creación es un hecho que se da entre el poeta y la poesía. En otro poema, a esta función
poética el poeta la ve fuera de sí y es ciega: no se puede aprender.

Allí lo que escribe es absolutamente independiente de él. Y a mi
entender, ninguno de los dos poemas deja de ser poema, sino que
son poemas y se refieren al proceso de escritura. Y, el tercer poema, donde aparece una verdad: “Poesía, mientras te escribo,
dejo de vivir”. Después de esa frase nombra una serie de obstáculos que el poeta tiene que vencer: rechazo la vida para ser esa página escrita.

Este párrafo nos lleva al segundo punto que quería plantear hoy: la diferencia radical de la vida del poeta, que tiene que ser rechazada para poder escribir, y el poema resultante. No podemos decir que el poema dé cuenta o trate la vida del poeta, aunque haya partido de sus lágrimas para escribir el verso: “el cielo llora sobre la ciudad”. Es cierto que partió de sus lágrimas, y aprovechando el tema común que tienen la caída de gotas de las lágrimas y la caída de gotas de la lluvia produce la metáfora donde, humanizando el cielo, generaliza el problema de su llanto y no dice como un tonto: “estoy llorando porque mi mujer me abandonó”; no, abre la ventana, produce el hecho poético: “el cielo llora sobre la ciudad”. Es una metáfora porque humaniza el cielo y cosifica el llanto, esto es, produce una nueva temporalidad.

Aunque el poeta crea que se vale de su propia vida para escribir, su vida no es otra cosa que una materia prima, como la madera con la cual, aplicando instrumentos de trabajo, fabricó una mesa que no
estaba en la madera. El poema no estaba en la vida del poeta, sino que su vida funcionó como materia prima, como materia natural, porque materia prima son los poemas de los otros poetas. La vivencia del poeta es materia natural que, trabajada por los poemas de otros, se transforma así en materia prima.

El problema que planteo es que escribir siempre es un trabajo; sólo que me doy cuenta de que los instrumentos que creía conscientes y racionales en realidad son inconscientes.

Los instrumentos son históricos, ideológicos, psíquicos y los tres son inconscientes para el sujeto, porque si bien el mecanismo histórico, el instrumento histórico, es consciente, es consciente para la historia, no para el sujeto, no para el hombre. Los modelos ideológicos funcionan de manera inconsciente y lo psíquico verdaderamente real es lo inconsciente.

Los mecanismos con los cuales trabajamos la materia prima o la materia natural, la vivencia del propio poeta y los libros que ya están escritos antes de la existencia del poeta, son mecanismos inconscientes. Desde este lugar no me cuesta ningún trabajo hacer un pasaje y pensar un campo que denomino Poesía y Psicoanálisis.

El lugar desde donde digo: sin la función poética no hay poesía, no hay pintura, no hay música, y nosotros agregamos: tampoco hay interpretación psicoanalítica sin función poética.

Ponemos así la interpretación psicoanalítica en el lugar de la
superestructura del arte, es decir, pintura, música o cualquier otra
expresión que se conciba artística. Es tan nuevo para la historia del
sujeto eso que acontece como interpretación psicoanalítica, como
lo es para la historia de la humanidad un nuevo poema que acontece con las características de serlo.

Normalmente se dice: Fulano de Tal dejó en su obra la elegancia
de sus gustos. Lo que propongo es una lectura casi a la inversa, esto es, esa obra, que tenía que ser escrita de esa manera, puso en ese sujeto esa elegancia que en realidad no conocí, sino que ahora leemos desde su escritura.

La escritura es el efecto de haber procesado una lectura. Aquí se
plantea el problema de qué es leer.

Estamos leyendo permanentemente. Tomamos café y pensamos:
“Estará caliente, estará frío”, y eso es una lectura.

Alguien dice: “No sé si voy a llegar”. Acaba de leer. Y parecen lecturas ingenuas, pero en un caso usó la física; en otro, las
matemáticas.

Usó sin saber y eso se llama la cultura, eso se llama la civilización: sin saber utilizamos todos esos fenómenos que han ocurrido a lo largo de la humanidad y los utilizamos para leer pequeñas cosas cotidianas. Hay instrumentos, entonces, en lecturas sencillas como “voy a llegar tarde”, “me mira con mirada inteligente” o “cree que me estoy enojando”. Cada vez que hago eso, estoy haciendo una lectura.

Si los modelos ideológicos funcionan de manera inconsciente, lo ideológico es la propia vida del sujeto, por eso la ideología no se puede abolir. La ideología se puede transformar, pero no se puede exterminar, porque se exterminaría al hombre.

La “propia vida del sujeto”, que el sujeto defiende con uñas y
dientes, es, en él, inconsciente.

En apariencia, ese fue el siglo del error. No funcionaron las grandes doctrinas, ningún gran descubrimiento, pero me acaban de preguntar en la radio si el psicoanálisis ya se terminó cuando todavía no ha empezado, cuando no ha pasado siquiera un siglo.

Aún no se conoce en el sentido de que tenemos un instrumento novedoso en las manos, que nos quema y que produce revoluciones del sentido, de lo que creo que soy.

El psicoanálisis produce una alteración total de la verdad. Podría
decir: “esa lluvia que veo es real, porque la veo”, y la lluvia es real

por un montón de motivos, menos porque yo la veo. La mirada es lo que más le miente al hombre. Ve sólo el diez por ciento de lo que hablamos y podemos expresar el diez por ciento de lo que seríamos capaces de expresar, de pensar. Es decir, también un amor atado.

Los periódicos trabajan todos sus artículos con un máximo de trescientas palabras. Esa no es la lengua castellana. La lengua castellana tiene un millón de palabras. Los cómicos, aun estando en los medios de difusión, aumentan esas trescientas palabras a mil. Los poetas, los buenos poetas, trabajan con diez mil palabras.

Quedan novecientas noventa mil palabras no utilizadas por nadie.

La gente es capaz de decir, frente a esa ignominia, que ya está todo dicho. Sí, ya está todo dicho con las trescientas palabras, que es la vida que nos permiten.

 

 

La lengua castellana tiene un millón de posibilidades de combinarse, y en ese sentido decía que sólo podrían usarlas los cultos, sólo los nobles, los grandes, los profesores. Y a eso apuntaba con los medios por los cuales nos permitiría ser socializada la poesía, el hecho poético, el hecho simbólico. Y, diciendo que es un trabajo aquello que yo produzco, un producto efecto de trabajo, un poema entra en un nuevo proceso de trabajo como cualquier mercancía.

Entra como instrumento: con un poema puedo leer una realidad, y entra como materia prima sobre la cual, trabajando, voy a producir otro escrito.

Existe la posibilidad de pensar una máquina herramienta del pensamiento.

Existía la posibilidad de que la ciencia matemática se hiciera corriente de opinión, que pasara de ciencia a producción de filosofía, de ahí a producción de ideología y luego corriente de opinión. Así, no hace falta conocer la ley de los números naturales para sumar. Es corriente de opinión. Antes del descubrimiento de la ley de los números naturales (n+1), la gente contaba de manera primitiva, tenía que mostrar algo, los dedos, el ábaco, las piedrecitas, los nudillos, enfrentando el objeto que querían contar. Para pensarlo simbólicamente, había que entender la ley de los números naturales y así nació la ciencia. Ahora que han pasado dos mil años es corriente de opinión, ya que nadie tiene que entender la ley de los números naturales para sumar.

Del mismo modo que una ley matemática se hace filosofía, luego ideología y, por último, corriente de opinión, también puede ocurrir con la poesía, con el psicoanálisis o con cualquier disciplina que abra nuevos caminos para la humanidad.

La conversión de la inspiración y la musa en trabajo hace accesible este asunto. Puede decirse que hay gente a la que le da trabajo trabajar, y yo diría que sí, que es verdad. En un recuerdo que tengo, veo el arte poético como un esperar. Si me permiten decirlo, el Menassa joven. La actitud poética era la actitud de espera. Allí no sería atravesado por el lenguaje, por la historia, la polémica.

Recuerdo haber escrito un poema que decía que al poeta le mostraban piedras preciosas, diamantes de Africa, mujeres extranjeras, se le leían poemas por altavoz, todo para que dejara de esperar, porque en la espera era donde buscaba su sol, buscaba su poema.

Pasan los años y, evidentemente impactado por la comprensión que permite el psicoanálisis de los procesos de creación, escribo un nuevo poema para hablar del arte poético:

Fui lo que se dice un buen fenicio, en todo

Fui lo que se dice un buen fenicio, en todo.
No era navegar por navegar, mi oficio,
mi oficio era tenderme entre los puertos.

Rosa perdida de perfumes rotos,
color de soledad, dejaba en cada puerto
un infinito brote de locura.
No estoy perdido de amores sino de tedio:
ya nadie corre por los peldaños de mi mente como tú,
ya nadie abre su fuente con alegría y deseo para mí.
Yo ya no veo tus ojos en lo profundo de mis manos.
Navegar por navegar no es mi oficio,
arrancar trozos de la nada y unirlos en conjuro,
ese es mi oficio silencioso y tenaz, como de versos,
mi oficio no se puede aprender, no sabe, es ciego.

En el impacto del choque con la interpretación del deseo inconsciente en el proceso de creación, el poeta queda totalmente convencido
 


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de que el arte poético es absolutamente inconsciente y que él muy responsable de eso no es. Elabora en esta situación una posición de la escritura como mandato social. Es escritor en realidad por mandato social. Es ciego al mandato y ciego al producto del mandato. Podríamos, haciendo un paréntesis, ver esto en la interpretación psicoanalítica y preguntar hasta dónde llega la responsabilidad del que la hace y, también para el poeta, hasta dónde llega la responsabilidad de haber escrito un verso.

Llega hasta ahí. Exactamente hasta ahí. Lacan lo decía así: “Ha comenzado su verdadero viaje”. Ha terminado su psicoanálisis y ha comenzado su verdadero viaje. Ahora, que ya fue producida la interpretación, usted haga con ella lo que quiera. Hasta la interpretación, era el viaje del psicoanálisis. Después de la interpretación, es el viaje del sujeto Fulano de Tal.

El viaje del poeta es haber escrito el verso. El verdadero viaje comienza cuando aparece el primer lector.

Si nos fuéramos pensando que hay varias maneras de pensar, sería suficiente. Porque, no contento con lo que ya pensaba del arte
poético, escribo un poema y le llamo:

Oficio de poeta

Envuelto en las brumas del tedioso vivir,
sólo la poesía me acompaña.

Cuando voy por la vida, Ella
suele asombrarse de mi soledad.
Le digo que no importa,
en su presencia el mundo se detiene para mí,
los pájaros más nocturnos velan mi sueño.

Envuelto en los poderosos ruidos de la máquina,
sólo su voz humana me acompaña.

Cuando hacemos el amor, Ella me reprocha
amarla como si fuera única.
Le digo que no importa,
en su presencia el mundo detenido en mis manos,
se abre para mí, lo múltiple se abre para mí,
añejas pasiones y amores venideros,
delirios y mujeres, se abren para mí,
diosas enamoradas y diademas, belleza embrutecida,
el aire se abre para mí, los espacios abiertos
donde nuestro gran sol es una estrella más.

Envuelto en las sutiles marañas del poder,
toda la vida es Ella.

Cuando Ella me encuentra en esa encrucijada,
donde yo mismo soy el amante de la muerte,
Ella baila desnuda, despojada, también, del amor,
dispara sobre mí para que no muera,
un millón de palabras en libertad.
Le digo que no importa,
en su presencia danzarina, la muerte deja de brillar,
tiemblan los cementerios,
se abren los corazones profundos de la tierra,
la vida nace por doquier
y el frenesí es color, vértigo, duda,
danza de la alegría sin escrúpulos,
alegría en plena libertad,
muerte de la muerte.

Aquí el poeta complica el asunto, porque intenta decirnos que el proceso de creación es una relación que él tiene con esa abstracción que nos plantea como poesía. Plantea el problema de la inmortalidad; dicho de una manera concreta, que no es el poeta el que se inmortaliza, sino que, en todo caso, hay algunos poemas que se inmortalizan.

La muerte de la muerte es lo que puede la poesía. Lo más importante es que el poema plantea que hay una relación misteriosa del poeta, del sujeto concreto que escribe, y la poesía. Una relación con una abstracción, con un Ideal, con una marcación, una especie de ideal del Yo.

En este momento se está escribiendo un poema. ¿Por qué? Porque estamos poniendo en juego las pasiones y los requerimientos del trabajo de la poesía. Están nuestras vivencias, están las palabras, hay palabras de otros poetas, recuerdo otros libros, ustedes recuerdan otros libros. Hay una situación particular que nos reúne.

Tenemos nuestra ideología, nuestra filosofía, nuestra psique.

Está todo, está la materia prima; por lo tanto, en este momento se está escribiendo un poema. Lo que no sabemos es si el agraciado que lo escribe en una hoja, el agraciado que representará para que se sepa que se estuvo escribiendo un poema, ése quizá no está entre nosotros, y si entienden esto, entienden lo que pienso del procesamiento de la poesía.

¿Éste es mi poema o este Oficio de poeta lo escribió otro poeta y yo lo único que hice con mi ordenador fue transcribirlo, y el poema que yo estoy escribiendo sobre el arte poético quizá lo escribe uno de ustedes?

Es una bella pregunta la que hago. Hay en ella cierta universalidad o historia de la poesía. Más allá de lo que piensan los sujetos, más allá de lo que todos pensamos, hay una historia propia de la poesía que se va concibiendo más allá de lo que aquellos que la conciben, los poetas, piensen de la situación.

Un poco más adelante, el título Oficio del poeta, se transforma en
arte poético. Es un intento generalizador. En Oficio del poeta, el
poeta estaba en medio de la frase, el poeta que pudo escribir eso
estaba metido en el título; en cambio, en Arte poética no está metido
en el título, lo roza de sesgo.

Analizando los títulos, pensé que en este poema se va a intentar
una generalización que no consigue en el anterior. Ese error se ve
ahí donde complica el proceso de producción poética el que el
poeta estuviera tan en contacto con la poesía, en un diálogo casi
personal. Leamos el tercer poema:

Arte poética

Poesía, lo sé, mientras te escribo,
dejo de vivir.

Entrego, mansamente, mis ilusiones,
mis pobres pecados proletarios,
mis vicios burgueses y, aún,
antes de penetrar tu cuerpo
-tapiz enamorado abandono
mi forma de vivir,
miserias,
locuras,
hondas pasiones negras,
mi manera de ser.

Vacío de mis cosas,
abanderado de la nada,
transparente de tanta soledad,
invisible y abierto,
permeable a los misterios de su voz,
intento,
rasgo sonoro sobre la piel del mundo
   la piel de la muerte
   la piel de todas las cosas.

Poesía, sobre tu piel, rasgos sonoros,
esquirlas apasionadas,
imborrables astillas de mi nombre.


Un psicoanalista mayor puede decir a un psicoanalista más joven: “olvídese de su pasado y podrá ser un buen psicoanalista” o “no recuerde ninguna interpretación que le hayan hecho y así usted hará una buena interpretación”. Un maestro samurai también diría:

“Cuando te olvides de cómo te enseñé a manejar el arma, aprenderás; el arma formará parte de tu cuerpo y ahí sabrás manejarla”.

Tiene algo de artes marciales. Me perdí un poco. El goce de la interrupción; la interrupción trae goce y por eso molesta. Estaba tan preocupado en demostrarles lo que quería demostrar que de pronto tuve una interrupción y sentí un placer; conversando se me fueron las preocupaciones. Después uno dice: ¡ay, me interumpí! Tuvimos un goce de más, un goce que no hubiese habido.

En ese goce que no hubiese habido, siempre hay escritura. Un día me preguntaron si gozaba escribiendo, porque confesé que escribía de cuatro a cinco horas diarias. Dije que sí, pero no más que con otro trabajo, porque hago otros trabajos también. En todo trabajo se goza, porque se goza en todo aquel lugar donde pierdo, donde rechazo mi personalidad, mi manera de ser, mis pensamientos acerca de la vida, mis compañeros y mis amantes.

No puede haber mundo diferente si nadie piensa el mundo diferente; si todos estamos absolutamente convencidos de que no hay otro mundo y esto es lo que es, eso es lo que puede el hombre.

Pero el hombre es capaz de modificar la realidad social histórica si es capaz de imaginarla. Ningún poema dijo eso, sino Einstein.

Eintein decía que para poder conceptualizar había que representar.

Y se preguntaba: ¿cómo es posible conceptualizar algo nuevo si primero lo tengo que representar y no lo puedo representar porque es nuevo?

Allí Einstein decía que la función poética era esencial en la producción no-poética, en la producción científica, porque hay un momento de la representación de la cual se saltaba a la conceptualización, que dependía estrictamente del imaginario universal, y del imaginario universal es de lo que se nutre la función poética.

Para entrar en coloquio planteo lo siguiente: El inconsciente de la poesía es más extenso que el inconsciente del sujeto psíquico.


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XV CONGRESO
INTERNACIONAL
GRUPO CERO

 

LA
 

MUJER
 

Y YO
Psicoanálisis de las relaciones de pareja
 

Medicina, Psicoanálisis,

Poesía, Pintura,

Cerámica, Música,

Canciones y Cine

 

HOTEL CROWNE PLAZA
(Salón Imperial)
Pza. de España s/n. Madrid

Del 20 al 23 de Julio de 2005

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91 758 19 40

 

LAS 2001 NOCHES

DIRECTOR:
Miguel Oscar Menassa.
SECRETARIA DE REDACCIÓN PARA EUROPA:
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DUQUE DE OSUNA, 4.º (locales). 28015 MADRID (ESPAÑA).
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SOCIOS DE HONOR EUROPA

Miguel Oscar Menassa (Madrid) 360 €
Amelia Díez Cuesta (Madrid) 360 €
María Chévez (Madrid) 360 €
Juan Carlos De Brasi (Madrid) 360 €
Jaime Icho Kozak (Madrid) 360 €
Carlos Fernández del Ganso (Madrid) 360 €
Miguel Martínez Fondón (Madrid) 360 €
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Fernando Ámez Miña (Madrid) 360 €
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Emilio A. González (Madrid) 360 €
Mónica Gorenberg (Zaragoza) 360 €
Concepción Osorio (Madrid) 360 €
Carmen Salamanca Gallego (Madrid) 360 €
Helena Trujillo (Málaga) 360 €
Paula Malugani (Ibiza) 240 €
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Rubén Broncano Martínez (Madrid) 100 €
Magdalena Salamanca (Madrid) 100 €
Ana Mº Barleta (Madrid) 60 €
Pablo J. García Muñoz (Madrid) 60 €
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Javier Albizuri Chévez (Madrid) 20
Julieta Álvarez Albizuri (Madrid) 20
Sergio Aparicio Erroz (Madrid) 20
Ramón Alejandro Chévez (Madrid) 20
Alejandro Chévez Mandelstein (Madrid) 20
Cloe León Deloupy (Madrid) 20 €
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Mónica López Bordón (Madrid) 20 €
Fabián Menassa de Lucia (Madrid) 12 €
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Carles Frabregat (Ibiza) 6 €
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Jorge Fernández Cruz (Madrid) 6 €
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Jorge Peribañez (Ibiza) 6 €
Violeta Clara Peribañez Malugani (Ibiza) 6 €

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Roberto Molero (Buenos Aires) 200 us.
Carmen Sílvia Presotto (Brasil) 200 us.
Lucía Serrano (Buenos Aires) 200 us.
Marcela Villavella (Buenos Aires) 200 us.
Ángela Cascini (Buenos Aires) 100 us.
Lúcia Bins Ely  (Brasil) 100 us.
Jorge Montironi (Buenos Aires) 60 us.
Cesira Cignoni (Buenos Aires) 20 us.
Barbara Corsetti (Brasil) 20 us.
Rosalba Pelle (Buenos Aires) 20 us.
Leonora Waihrich 20 us.
Norberto Demarco (Buenos Aires) 20 us.
Renato Battistel (Brasil) 10 us.
Patricia di Pinto  (Buenos Aires) 10 us.
Gustavo Escobar (Brasil) 10 us.
Cristina Müller (Brasil) 10 us.
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Luciano Passolini (Buenos Aires) 10 us.
Renata Passolini (Buenos Aires) 10 us.
Carolina Presotto (Brasil) 10 us.
Júlia Presotto (Brasil) 10 us.
Eloísa Tschoepke (Brasil) 10 us.
Marisa Wachtel (Buenos Aires) 10 us.

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DÁMASO ALONSO
España, 1898


EDAD NEGRA

Tú. Siempre tú.
Ahí estás,
moscardón verde,
hocicándome testarudo,
batiendo con zumbido interminable
tus obstinadas alas, tus poderosas alas velludas,
arrinconando esta conciencia, este trozo de conciencia
  empavorecida,
izándola a empellones tenaces
sobre las crestas últimas, ávidas ya de abismo.

Alguna vez te alejas,
y el alma, súbita, como oprimido muelle que una mano en el
juego un instante relaja,
salta y se aferra al gozo, a la esperanza trémula,
a luz de dios, a campo del estío,
a estos amores próximos que, mudos, en torno de mi angustia,
   me interrogan
con grandes ojos ignorantes.
Pero ya estás ahí, de nuevo,
sordo picón, ariete de la pena,
agrio berbequí mío, carcoma de mi raíz de hombre.
¿Qué piedras, qué murallas
quieres batir en mí,
oh torpe catapulta?

Sí, ahí estás,
peludo abejarrón.

Azorado en el aire,
sacudes como dudosos diedros de penumbra,
alas de pardo luto,
oscilantes, urgentes, implacables al cerco.
Rebotado de ti, por el zigzag
de la avidez te enviscas
en tu presa,
hocicándome, entrechocándome siempre.

No me sirven mis manos ni mis pies,
que afincaban la tierra, que arredraban el aire,
no me sirven mis ojos, que aprisionaron la hermosura,
no me sirven mis pensamientos, que coronaron mundos a la caza
   de Dios.

Heme aquí, hoy, inválido ante ti,
ante ti,
infame criatura, en tiniebla nacida,
pequeña lanzadera
que tejes ese ondulante paño de la angustia,
que me ahoga
y ya me va a extinguir como se apaga el eco
de un ser con vida en una tumba negra.

Duro, hiriente, me golpeas una vez y otra vez,
extremo diamantino
de vengador venablo, de poderosa lanza.
¿Quién te arroja o te blande?
¿Qué inmensa voluntad de sombra así se obstina
contra un solo y pequeño (¡y tierno!) punto vivo de los espacios
    cósmicos?
Hurgón de esto que queda de mi rescoldo humano,
menea, menea bien los últimos encendidos carbones,
y salten las altas llamas purísimas, las altas llamas cantoras,
proclamando a los cielos
la gloria, la victoria final
de una razón humana que se extingue.
 

CÉSAR VALLEJO
Perú, 1892


LA PUNTA DEL HOMBRE...

La punta del hombre,
el ludibrio pequeño de encogerse
tras de fumar su universal ceniza;
punta al darse en secretos caracoles,
punta donde se agarra uno con guantes,
punta en lunes sujeto por seis frenos,
punta saliendo de escuchar a su alma.

De otra manera,
fueran lluvia menuda los soldados
y ni cuadrada pólvora, al volver de los bravos desatinos,
y ni letales plátanos; tan sólo
un poco de patilla en la silueta.
De otra manera, caminantes suegros,
cuñados en misión sonora,
yernos por la vía ingratísima del jebe,
toda la gracia caballar andando
puede fulgir esplendorosamente!

¡Oh pensar geométrico al trasluz!
¡Oh no morir bajamente
de majestad tan rauda y tan fragante!
¡Oh no cantar; apenas
escribir y escribir con un palito
o con el filo de la oreja inquieta!
Acorde de lápiz, tímpano sordísimo,
dondoneo en mitades robustas
y comer de memoria buena carne,
jamón, si falta carne,
y, un pedazo de queso con gusanos hembras,
gusanos machos y gusanos muertos.
 

OLIVERIO GIRONDO
Argentina, 1891



HAY QUE BUSCARLO

En la eropsiquis plena de huéspedes entonces meandros de
     espera ausencia
enlunadados muslos de estival epicentro
tumultos extradérmicos
excoriaciones fiebre de noche que burmua
y aola aola aola
al abrirse las venas
con un pezlambo inmerso en la nuca del sueño hay que buscarlo
                                                                                          al poema
hay que buscarlo dentro de los plesorbos de ocio
desnudo
desquejido
sin raíces de amnesia
en los lunihemisferios de reflujos de coágulos de espuma de
     medusas de arena de los senos o tal vez en andenes con aliento
     a zorrino
y a rumiante distancia de santas madres vacas
hincadas
sin aureola
ante charcos de lágrimas que cantan
con un pezvelo en trance debajo de la lengua hay que buscarlo
                                                                                       al poema
hay que buscarlo ignífero superimpuro leso
lúcido beodo
inobvio
entre epitelios de alba o resacas insomnes de soledad en creciente
antes que se dilate la pupila del cero
mientras lo endoinefable encandece los labios de subvoces que
brotan del intrafondo eufónico
con un pezgrifo arco iris en la mínima plaza de la frente hay
que buscarlo
                                                                                           al poema


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VICENTE ALEIXANDRE
España, 1898


EL POETA

Para ti, que conoces cómo la piedra canta,
y cuya delicada pupila sabe ya del peso de una
montaña sobre un ojo dulce,
y cómo el resonante clamor de los bosques se
aduerme suave un día en nuestras venas;

para tí, poeta, que sentiste en tu aliento
la embestida brutal de las aves celestes,
y en cuyas palabras tan pronto vuelan las poderosas
alas de las águilas
como se ve brillar el lomo de los calientes peces
sin sonido:
oye este libro que a tus manos envío
con ademán de selva,
pero donde de repente una gota fresquísima de
rocío brilla sobre una rosa,
o se ve batir el deseo del mundo,
la tristeza que como párpado doloroso
cierra el poniente y oculta el sol como una lágrima
oscurecida,
mientras la inmensa frente fatigada
siente un beso sin luz, un beso largo,
unas palabras mudas que habla el mundo finando.
Sí, poeta: el amor y el dolor son tu reino.

Carne mortal la tuya, que, arrebatada por el
espíritu,
arde en la noche o se eleva en el mediodía
poderoso,
inmensa lengua profética que lamiendo los cielos
ilumina palabras que dan muerte a los hombres.

La juventud de tu corazón no es una playa
donde el mar embiste con sus espumas rotas,
dientes de amor que mordiendo los bordes de la
tierra,
braman dulce a los seres.

No es ese rayo velador que súbitamente te amenaza,
iluminando un instante tu frente desnuda,
para hundirse en tus ojos e incendiarte, abrasando
los espacios con tu vida que de amor se consume.

No. Esa luz que en el mundo
no es ceniza última,
luz que nunca se abate como polvo en los labios,
yo vi en los cielos una noche brillando.

Un pecho robusto que reposa atravesado por el mar
respira como la inmensa marea celeste,
y abre sus brazos yacentes y toca, acaricia
los extremos límites de la tierra.

¿Entonces?
Sí, poeta; arroja este libro que pretende encerrar
en sus páginas un destello de sol,
y mira a la luz cara a cara, apoyada la cabeza
en la roca,
mientras tus pies remotísimos sienten el beso
postrero del poniente
y tus manos alzadas tocan dulce la luna,
y tu cabellera colgante deja estela en los astros.
 

PABLO NERUDA
Chile, 1904


ARTE POÉTICA

Entre sombra y espacio, entre guarniciones y doncellas,
dotado de corazón singular y sueños funestos,
precipitadamente pálido, marchito en la frente
y con luto de viudo furioso por cada día de vida,
ay, para cada agua invisible que bebo soñolientamente
y de todo sonido que acojo temblando,
tengo la misma sed ausente y la misma fiebre fría
un oído que nace, una angustia indirecta,
como si llegaran ladrones o fantasmas,
y en una cáscara de extensión fija y profunda,
como un camarero humillado, como una campana un poco ronca,
como un espejo viejo, como un olor de casa sola
en la que los huéspedes entran de noche perdidamente ebrios,
y hay un olor de ropa tirada al suelo, y una ausencia de flores
-posiblemente de otro modo aún menos melancólicopero,
la verdad, de pronto, el viento que azota mi pecho,
las noches de substancia infinita caídas en mi dormitorio,
el ruido de un día que arde con sacrificio
me piden lo profético que hay en mí, con melancolía
y un golpe de objetos que llaman sin ser respondidos
hay, un movimiento sin tregua, y un nombre confuso.

PEDRO SALINAS
España, 1891


EL POEMA

Y ahora, aquí está frente a mí.
Tantas luchas que ha costado,
tantos afanes en vela,
tantos bordes de fracaso
junto a este esplendor sereno
ya son nada, se olvidaron.
Él queda, y en el él, el mundo,
la rosa, la piedra, el pájaro,
aquéllos, los que al principio,
de este final asombrados.
¡Tan claros que se veían,
y aún se podía aclararlos!
Están mejor; una luz
que el sol no sabe, unos rayos
los iluminan, sin noche,
para siempre revelados.
Las claridades de ahora
lucen más que las de mayo.
Si allí estaban, ahora aquí;
a más transparencia alzados.
¡Qué naturales parecen,
qué sencillo el gran milagro!
en esta luz del poema,
todo,
desde el más nocturno beso
al cenital esplendor,
todo está mucho más claro.


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JUAN GELMAN
Argentina, 1930


ARTE POÉTICA

como un martillo la realidad/bate
las telitas del alma o corazón/forja en
caliente o frío/no presume/resaca
ilusiones podridas/piensa

como un pájaro ronco/delira
en su revés/ruge cual
la tigra de Pascual/pisa
las telitas del alma o corazón/crepitaba

mañana en tu calor/sonará
como un tiro en la frente del compañero muerto ayer
y en lo que todavía habrá que morir y nacer/
como un martillo

VICENTE HUIDOBRO
Chile, 1893


ALIENTO

El hálito del poema apaga todas las bujías del mundo
No hay más fósforos en el cielo ni en los bolsillos del viento
Hay el poeta y algo grande en torno suyo
Los astros del destino nadan sin ruido
Su aliento propulsor cambia la vida
Arrastra témpanos y borrascas encima del tiempo
Sus ojos leen la eternidad
Sus manos abren la puerta de las estrellas desconocidas
Y él espera arriba de la escala
Él solo ante el absoluto

Un astro gira
Una campana suena
Una campana lanza sus dados sobre los destinos
Entre los hombres
Descienden pasos al fondo del alma
El azar cae sin emoción de los dedos celestes
Los arroyos desembocan en el corazón
Los ríos desembocan en los ojos
El infinito en la palabra
La palabra desemboca en la boca
En la lengua donde el cielo se acuesta
La eternidad se escapa por la ventana
Un misterio se realiza en el espacio
Los lazos se rompen los mares se desatan
Un mundo nuevo va a nacer

El pecho el azar la eternidad
El aliento del poema alumbra el incendio de los cielos que al fin
                                                        [han comprendido su verdad
 

JORGE LUIS BORGES
Argentina, 1899


ARTE POÉTICA

Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,

como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor,
bajo la lluvia, en la catástrofe,
cuando se abren los brazos de la ternura o del alma,
cuando la enfermedad hunde las manos.

A este oficio me obligan los dolores ajenos,
las lágrimas, los pañuelos saludadores,
las promesas en medio del otoño o del fuego,
los besos del encuentro, los besos del adiós,
todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.

Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,
rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.

ARTE POÉTICA

“El escribir, como la vida misma, es un viaje de descubrimiento.
La aventura es de carácter metafísico: es una manera de aproximación
indirecta a la vida misma, de adquisición de una visión
total del universo, no parcial.”
HENRY MILLER

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo.

Ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.
A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.
 


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FRESCORES

OLGA OROZCO
Argentina, 1920


ALREDEDOR
DE LA CREACIÓN POÉTICA

La poesía puede presentarse al lector bajo la apariencia de muchas encarnaciones diferentes, combinadas, antagónicas, simultáneas o totalmente aisladas. De acuerdo con las épocas, los géneros, las tendencias, puede ser, por ejemplo, una dama oprimida por la armadura de rígidos preceptos, una bailarina de caja de música que repite su giro gracioso y restringido, una pitonisa que recibe el dictado del oráculo y descifra las señales del porvenir, una reina de las nieves con su regazo colmado de cristales casi algebraicos, una criatura alucinada con la cabeza sumergida en una nube de insectos zumbadores, una señora que riega las humildes plantas de un reducido jardín, una heroína que canta en medio de la hoguera, un pájaro que huye, una boca cerrada.

¿Cuál es la imagen verdadera de este inagotable caleidoscopio? La más libre, la más trascendente sin retóricas, la no convencional, la que está entretejida con la sustancia misma de la vida llevada hasta sus últimas consecuencias. Es decir, la que no hace nacer fantasmas sonoros o conceptuales para encerrarlos en las palabras, sino que hace estallar aun los fantasmas que las palabras encierran en sí mismas.

Recorrer la trayectoria de la poesía desde la formulación del encantamiento y su consecuente palabra de poder, hasta la época actual, es un camino en doble espiral, tan largo como la génesis del lenguaje y tan tortuoso como la historia del hombre. Analizar el lenguaje de la poesía en sus sonidos y en sus resonancias es atrapar a un coleóptero, a un ángel, a un dios en estado natural y salvaje y someterlo a injertos y disecciones, hasta lograr un cadáver amorfo.

Los poetas conviven con las palabras. Sí, las nutren, las mastican, las aplastan, las pulverizan; combaten por saber quién sirve a quién, o pactan con ellas, o tienen una relación semejante a la de los amantes. La poesía es un organismo vivo, rebelde, en permanente revolución, en permanente metamorfosis. Pero los fonemas, los antónimos, las aféresis, las paragoges, las aliteraciones, las arritmias, los yámbicos, al igual que ciertas ideas fijas, son los parásitos de las palabras; producen enfermedades incurables, vicios rutinarios, vejeces prematuras que conducen a las academias de la
prosodia, a los hospitales de la semántica y al panteón de la etimología.

Condensando todos los ismos que unen y separan, como los verdaderos istmos, reuniendo en un solo cuerpo las palabras que
nacen, crecen, mueren y renacen, sólo puedo decir que más allá de cualquier posible discrepancia de acción y de fe, la poesía es un
acto de fe, una crítica de la vida, un cuestionamiento de la realidad,
una respuesta frente a la carencia del hombre en el mundo, una tentativa por aunar las fuerzas que se oponen en este universo regido por la distancia y por el tiempo, un intento supremo y desesperado de verdad y rescate en la perduración.

Ignoro cuál sería el porvenir de la poesía en un mundo regido por
una técnica impensable o por una imposible perfección. Silencio,
canto de alabanza colectivo, escalofriante mecánica que se genera
a sí misma, tal vez, y digo tal vez, porque no puedo dejar de creer
que la poesía no sea una infinita probabilidad. Pero no puedo pensar en un mundo perfecto, sin muerte, sin restricciones, sin tú y yo.
 

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Mientras tanto, aquí y ahora, el poeta elige su expresión. Elige la palabra como un elemento de conversión simbólica de este universo imperfecto. La idea de que el nombre y la esencia se corresponden, de que el nombre no sólo designa sino que es el ser mismo y que contiene dentro de sí la fuerza del ser, es el punto de partida de la creación del mundo y de la creación poética.

Separado de la divinidad, aislado en una parte limitada de la unidad primera o desgarrado en su propio encierro, el individuo siente permanentemente la dolorosa contradicción de su parte de absoluto y de sus múltiples, efervescentes particularidades. Quiere ser otro y todos sin dejar de ser él, no invadiendo sino compartiendo.

Ese sentimiento de separación y ese anhelo de unidad, sólo se convierten en fusión total, simultánea y corpórea, en la experiencia religiosa, en el acto de amor y en la creación poética. El “yo” del poeta es un sujeto plural en el momento de la creación, es un “yo” metafísico, no una personalidad. Esta transposición se produce exactamente en el momento de la inminencia creadora. Es el momento en que la palabra ignorada y compartida, la palabra reveladora de una total participación, la palabra que condensa la luz de la evidencia y que yace sepultada en el fondo de cada uno como una pregunta que conduce a todas las respuestas, y comienza a enunciarse con balbuceos y silencios que pueden corresponder a todos y cada uno de los nombres que encierran los fragmentos de la realidad total. Su resonancia se manifiesta en una sorpresiva paralización de todos los sistemas particulares y generales de la vida. El poeta, con toda la carga de lo conocido y lo desconocido, se siente de pronto convocado hacia un afuera cuyas puertas se abren hacia adentro.

Una tensión extrema se acaba de apoderar de la trama del mundo, próxima a romperse ante la inminencia de la aparición de algo que bulle, crece, fermenta, aspira a encarnarse, en medio de la mayor luz o de la mayor tiniebla. El ser entero ha cesado de ser lo que era para convertirse en una interrogación total, en una expectativa de cacería en la que se ignora quién es el cazador y cuál es el animal al que se apunta. Algo está condensándose, algo está a punto de aparecer. Algo debe aparecer o el universo entero será aspirado en una dirección o estallará con un estrépito ensordecedor en otros millares de fragmentos.

El poeta traspone entonces las pétreas murallas que lo encierran y sale a enfrentarse con los centinelas de la noche.

Va a acceder al mundo del mito, va a repetir el acto creador en el limitado plano de la acción de su verbo, va a enfrentarse con su revelación. No importa que ese momento ejemplar -eterno en la eternidad como el molde del mito- tenga de este lado la duración exacta de un momento del mundo, ni que la palabra que ha usado como un arma de conocimiento y un instrumento de exploración ofrezca después el aspecto de un escudo roto o se convierta en un humilde puñado de polvo.

Ha penetrado, de todas maneras, o ha creído penetrar, en la noche de la caída, la ha detenido con su movimiento de ascenso y ha revertido el tiempo y el espacio en que ocurría. El pasado y el por-

EL SEXO DEL AMOR
 ¿EROTISMO O PORNOGRAFÍA?

”Esta novela es un monumento al
deseo, no a su satisfacción, y el
deseo no cabe en moldes
ni normas.”
Leopoldo de Luis

“Menassa hace del erotismo una
enciclopedia de las relaciones
sexuales.”
Juan-Jacobo Bajarlía

una novela de Miguel Oscar Menassa
Director de la Escuela de Psicoanálisis
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venir se funden ahora en un presente ilimitado donde las escenas más antiguas pueden estar ocurriendo, al igual que las escenas de la profecía. Es un tiempo abierto en todas direcciones. El vacío que precedía al nacimiento se confunde con el vacío adjudicado a la muerte, y ambos se colman de indicios, de vestigios, de señales.

“¿Qué memoria es esa que sólo recuerda hacia atrás?”, dice la Reina Blanca de Alicia en el país de las maravillas, y entonces es posible responderle que la memoria es una actualidad de mil caras, que cada cara recubre la memoria de otras mil caras, y que el pasado ha estampado sus huellas infantiles en los muros agrietados del porvenir.

Tampoco la distancia que nació con la separación existe ya. La sustancia es una sola en una milagrosa solución de continuidad.

Es posible ser todos los otros, una mata de hierba, una tormenta encerrada en un cajón, la mirada de alguien que murió hace 2.500 años.

Se está frente a una perspectiva abierta y circular, pero aún en los umbrales del exilio. Es un viaje largo y solitario el que se debe emprender en las tinieblas. El que se interna amparado por la lucidez, como por el resplandor de una lámpara, no ejercita sus ojos y no ve más allá de cuanto abarca el reducido haz luminoso que posee y transporta. El que avanza a ciegas no alcanza a definir las formas conocidas que se ocultan tras los enmascaramientos de las sombras, ni logra perseguir el rastro de lo fugitivo. No hay conciencia total ni abandono total. No hay hielo insomne ni hervor alucinado.

Hay grandes llamaradas salpicadas de cristales perfectos y grandes cristalizaciones que brillan como el fuego. Hay que tratar de asirlas. Hay que encender y apagar la lámpara de acuerdo con los accidentes del camino.

Los senderos son engañosos y a veces no conducen a ninguna parte, o se interrumpen bruscamente, o se abren en forma de abanico.

Hay muros que simulan espejismos, imágenes comprometedoras que se alejan, ejércitos de perseguidores y de monstruos, apariencias emboscadas, objetos desconocidos e indescifrables que brillan con luz propia, terrenos que se deslizan vertiginosamente bajo los pies. Se viven confusiones desconcertantes entre la pesadilla y la vigilia, lo familiar resulta impenetrable y sospechoso y lo insólito adquiere la forma tranquilizadora de lo cotidiano. Se tiene la sensación de haber contraído una peste que puede producir cualquier transformación, aun la más inimaginable, y hay una fiebre que no cesa y que parece alimentarse de la duración.

El poeta cree adquirir poderes casi mágicos. Intenta explorar en las zonas prohibidas, en los deseos inexpresados, en las inmensas canteras del sueño. Procura destruir las armaduras del olvido, detener el viento y las mareas, vivir otras vidas, crecer entre los muertos.

Trata de cambiar las perspectivas, de presenciar la soledad, de reducir las potencias que terminan por reducirlo al silencio.

A lo largo de todo este trayecto, la palabra -única arma con que cuenta para actuar- se ha abandonado a las fuerzas imponderables o ha asumido todo el poder de que dispone para trasmutarse en el objeto mismo de su búsqueda. Por medio del lenguaje, emanación de la palabra secreta, el poeta ha tratado de trascender su situación actual, de remontar la noche de la caída hasta alcanzar un estado semejante a aquel del que gozaba cuando era uno con la divinidad, o de continuar hacia abajo para cambiar lo creado, anexándole otros cielos y otras tierras, con sus floras y sus faunas. El hecho es el mismo: es la repetición del acto creador por el poder del verbo.

Por el poder del verbo, el poeta se ha entregado a toda suerte de
encadenamientos verbales que anulan el espacio, a ritmos de contracción y de expansión que anulan el tiempo, para coincidir con el soplo y el sentido de la palabra justa: del sea o del hágase. Pero el poder del lenguaje es restringido por todo el precario sistema de la condición humana. La palabra secreta, capaz de crear un mundo o de devolver éste a sus orígenes, no se manifiesta a través de ninguna aproximación. El poeta ha enfrentado lo absoluto con inumerables expresiones posibles, solamente posibles, con signos y con símbolos que son la cosa misma y que suscitan también imágenes analógicas posibles, solamente posibles. Entre ese inabordable absoluto y este reiterado posible se manifiesta la existencia del poema: lo más próximo de esa palabra absoluta.

El poema: un instrumento inútil, una proyección del acto creador
que fue descubierto.

Para el poeta ha terminado. Al lector le corresponde entonces instalarse frente al poema, que interroga y responde, en su condición de objeto y de sujeto. Retomar el mecanismo de la revelación.

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ALEJANDRA PIZARNIK
Argentina, 1936



EL SUEÑO DE LA MUERTE
O EL LUGAR
DE LOS CUERPOS POÉTICOS

Esta noche, dijo, desde el ocaso, me cubrían con una
mortaja negra en un lecho de cedro.
Me escanciaban vino azul mezclado con amargura.
EL CANTAR DE LAS HUESTES DE ÍGOR

Toda la noche escucho el llamamiento de la muerte, toda la noche escucho el canto de la muerte junto al río, toda la noche escucho la voz de la muerte que me llama.

Y tantos sueños unidos, tantas posesiones, tantas inmersiones en mis posesiones de pequeña difunta en un jardín de ruinas y de lilas.

Junto al río la muerte me llama. Desoladamente desgarrada en el corazón escucho el canto de la más pura alegría.

Y es verdad que he despertado en el lugar del amor porque al oír su canto dije: es el lugar del amor. Y es verdad que he despertado en el lugar del amor porque con una sonrisa de duelo yo oí su canto y me dije: es el lugar del amor (pero tembloroso pero fosforescente).

Y las danzas mecánicas de los muñecos antiguos y las desdichas heredadas y el agua veloz en círculos, por favor, no sientas miedo de decirlo: el agua veloz en círculos fugacísimos mientras en la orilla el gesto detenido de los brazos detenidos en un llamamiento al abrazo, en la nostalgia más pura, en el río, en la niebla, en el sol debilísimo filtrándose a través de la niebla.

Más desde adentro: el objeto sin nombre que nace y se pulveriza en el lugar en que el silencio pesa como barras de oro y el tiempo es un viento afilado que atraviesa una grieta y es esa su sola declaración. Hablo del lugar en que se hacen los cuerpos poéticos -como una cesta llena de cadáveres de niñas. Y es en ese lugar donde la muerte está sentada, viste un traje muy antiguo y pulsa un arpa en la orilla el río lúgubre, la muerte en un vestido rojo, la bella, la funesta, la espectral, la que toda la noche pulsó un arpa hasta que me adormecí dentro del sueño.

¿Qué hubo en el fondo del río? ¿Qué paisajes se hacían y deshacían detrás del paisaje en cuyo centro había un cuadro donde estaba pintada una bella dama que tañe un laúd y canta junto a un río? Detrás, a pocos pasos, veía el escenario de cenizas donde representé mi nacimiento. El nacer, que es un acto lúgubre, me causaba gracia. El humor corroía los bordes reales de mi cuerpo de modo que pronto fui una figura fosforescente: el iris de un ojo lila tornasolado; una centelleante niña de papel plateado a medias ahogada dentro de un vaso de vino azul. Sin luz ni guía avanzaba por el camino de las metamorfosis. Un mundo subterráneo de criaturas de formas no acabadas, un lugar de gestación, un vivero de brazos, de troncos, de caras, y las manos de los muñecos suspendidas como hojas de los fríos árboles filosos aleteaban y resonaban movidas por el viento, y los troncos sin cabeza vestidos de colores tan alegres danzaban rondas infantiles junto a un ataúd lleno de cabezas de locos que aullaban como lobos, y mi cabeza, de súbito,
parece querer salirse ahora por mi útero como si los cuerpos poéticos forcejearan por irrumpir en la realidad, nacer a ella, y hay alguien en mi garganta, alguien que se estuvo gestando en soledad, y yo, no acabada, ardiente por nacer, me abro, se me abre, va a venir, voy a venir. El cuerpo poético, el heredado, el no filtrado por el sol de la lúgubre mañana, un grito, una llamada, una llamarada, un llamamiento. Sí. Quiero ver el fondo del río, quiero ver si aquello se abre, si irrumpe y florece del lado de aquí, y vendrá o no vendrá pero siento que está forcejeando, y quizás y tal vez sea solamente la muerte.

La muerte es una palabra.

La palabra es una cosa, la muerte es una cosa, es un cuerpo poético que alienta en el lugar de mi nacimiento.

Nunca de este modo lograrás circundarlo. Habla, pero sobre el escenario de cenizas; habla, pero desde el fondo del río donde está la muerte cantando. Y la muerte es ella, me lo dijo el sueño, me lo dijo la canción de la reina. La muerte de cabellos del color del cuervo, vestida de rojo, blandiendo en sus manos funestas un laúd y huesos de pájaro para golpear en mi tumba, se alejó cantando y contemplada de atrás parecía una vieja mendiga y los niños le arrojaban piedras.


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Cantaba en la mañana de niebla apenas filtrada por el sol, la
mañana del nacimiento, y yo caminaría con una antorcha en la
mano por todos los desiertos de este mundo y aun muerta te
seguiría buscando, amor mío perdido, y el canto de la muerte se
desplegó en el término de una sola mañana, y cantaba, y cantaba.
También cantó en la vieja taberna cercana del puerto. Había un
payaso adolescente y yo le dije que en mis poemas la muerte era mi amante y mi amante era la muerte y él dijo: tus poemas dicen la
justa verdad. Yo tenía dieciséis años y no tenía otro remedio que
buscar el amor absoluto. Y fue en la taberna del puerto que cantó la canción.

Escribo con los ojos cerrados, escribo con los ojos abiertos: que
se desmorone el muro, que se vuelva río el muro.

La muerte azul, la muerte verde, la muerte roja, la muerte lila, en
las visiones del nacimiento.

El traje azul y plata fosforescente de la plañidera en la noche
medieval de toda muerte mía.

La muerte está cantando junto al río.

Y fue en la taberna del puerto que cantó la canción de la muerte.

Me voy a morir, me dijo, me voy a morir.

Al alba venid, buen amigo, al alba venid.

Nos hemos reconocido, nos hemos desaparecido, amigo el que yo más quería.

Yo, asistiendo a mi nacimiento. Yo, a mi muerte.

Y yo caminaría por todos los desiertos de este mundo y aun muerta te seguiría buscando, a ti, que fuiste el lugar del amor.

AFORISMOS

OLIVERIO GIRONDO
Argentina, 1891


- ¡Sin pie, no hay poesía! exclaman algunos. Como si necesitásemos
de esa confidencia para reconocerlos.

- Aunque la estilográfica tenga reminiscencias de lagrimatorio, ni los cocodrilos tienen derecho a confundir las lágrimas con la tinta.

- Llega un momento en que aspiramos a escribir algo peor.

- El ombligo no es un órgano tan importante como imaginan ustedes...
¡Señores poetas!

- No hay que confundir poesía con vaselina; vigor, con camiseta
sucia.

- Un libro debe construirse como un reloj, y venderse como un salchichón.

- Con la poesía sucede lo mismo que con las mujeres: llega un momento en que la única actitud respetuosa consiste en levantarles la pollera.

- ¡Si buena parte de nuestros poetas se convenciera de que la tartamudez
es preferible al plagio!

- Aunque ellos mismos lo ignoren, ningún creador escribe para los otros, ni para sí mismo, ni mucho menos, para satisfacer un anhelo de creación, sino porque no puede dejar de escribir.

- La poesía siempre es lo otro, aquello que todos ignoran hasta
que lo descubre un verdadero poeta.

- Ambicionamos no plagiarnos ni a nosotros mismos, a ser siempre distintos, a renovarnos en cada poema, pero a medida que se acumulan y forman nuestra escueta o frondosa producción, debemos reconocer que a lo largo de nuestra existencia hemos escrito un solo y único poema.

 


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EDITORIAL GRUPO CERO
FERIA DEL LIBRO DE MADRID
27 de mayo al 12 de junio de 2005

CASETA 141

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