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VAN PASANDO MUJERES
Cada día que pasa, más dueña de mí misma,
sobre mí misma cierro mi mirada interior;
en medio de los seres la soledad me abisma.
Ya ni domino esclavos ni tolero señor.
Ahora van pasando mujeres a mi lado
cuyos ojos trascienden la divina ilusión.
El fácil paso llevan de un cuerpo aligerado:
se ve que poco o nada les pesa el corazón.
Algunas tienen ojos azules e inocentes;
van soñando embriagadas, los pasos al azar;
la claridad del cielo se aposenta en sus frentes
y como son muy finas se les oye soñar.
Sonrío a su belleza, tiemblo por sus sueños;
el fino tul de su alma, ¿quién lo recogerá?
Son pequeñas criaturas, mañana tendrán dueños,
y ella pedirá flores..., y él no comprenderá.
Les llevo una ventaja que place a mi conciencia:
los sueños que ellas tejen no los supe tejer,
y en mis manos ignorantes no perdí mi inocencia.
Como nunca la tuve, no la pude perder.
Nací yo sin blancura; pequeña todavía
el pequeño cerebro se puso a combinar;
cuenta mi pobre madre que, como comprendía,
yo aprendí temprano la ciencia de llorar.
Y el llanto fue la llama que secó mi blancura
en las raíces mismas del árbol sin brotar,
y el alma está candente de aquella quemadura.
¡Hierro al rojo mi vida! ¿Cómo pude durar?
Alma mía, la sola; tu limpieza, escondida
con orgullo sombrío, nadie la arrullará;
si en música divina fuera el alma dormida,
el alma, comprendiendo, no despertara ya.
Tengo sueño mujeres, tengo un sueño profundo.
Oh, humanos, en puntillas el paso deslizad;
mi corazón susurra: me haga silencio el mundo,
y mi alma musita fatigada: ¡callad!...
ALFONSINA STORNI
AQUí ESTOY, SOY UN HOMBRE MASCULINO
Se solía decir: este siglo no será posible
no hemos podido construir un hombre,
no fue posible tener en cuenta a la mujer.
Maricas y gendarmes frustrados
sólo eso hemos podido con nosotros,
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maricas para despreciarlas,
gendarmes para someterlas y,
sin embargo, rompiendo las barreras de la historia
y porque ella lo ha deseado para mí,
aquí me tenéis, yo soy un hombre.
Un hombre masculino, atravesado,
por el sonido de su voz abierta.
Mujer, mujer del pan y las caricias,
de las revoluciones y el trabajo duro.
Una mujer construye la tierra donde vivo,
el mar, la plena, rotunda libertad del mar.
Ella construye para mí, el vuelo de los pájaros,
palabras y mujeres, permanentemente.
En eso soy el mejor «dotado» masculino,
pero no por mi gracia, belleza inteligente,
una mujer, la Poesía, sostiene con su deseo inagotable,
infinitas mujeres y entre todas al viento,
hacen de mí esta sustancia incandescente.
Un fuego que viene de la letra y va a la letra,
un fuego, una pulsión,
y ella abre sus nalgas, abre sus nalgas y sonríe,
y un tiempo se detiene en las pupilas del amor,
y violentas canciones de cuna nos dejan sin aliento,
y el hombre vive y muere y ya no sabe qué decir
y la mujer toca un violín, silencio, interminable,
y se deja caer entre nosotros, tal vez, benéfica,
tal vez, desesperada de tanta soledad,
lo cierto, es que se deja caer entre nosotros
y tiñe con sus movimientos, afines al poema,
toda vida oculta, toda tristeza, la soledad,
con la misma luz de los grandes milagros,
para que todo brille con la ilusión del amor,
manantial para el sediento y el incrédulo,
ella es la fe.
Mujer, mujer, escándalo que se apodera de mi ser,
de todas mis palabras, de mis versos más altos
y en esa cumbre del saber humano,
cada palabra, todo poema sangra con tu presencia.
Hay hombres, hay hombres en el mundo moderno,
hay hombres,
hasta yo mismo vivo en el mundo moderno,
pero la mujer tiene, secretamente,
guardada una energía, inexistente para el hombre,
por eso busco en ella,
- poeta incorregible -
lo perdido, lo nunca hallado,
lo imperfecto que nos hace sublimes.
Por eso busco en ella
y ella que lo sabe hace más de tres siglos,
no deja de producir pájaros en todas direcciones,
mujeres y palabras, algunas para mí, el resto,
para el mundo, si existiera.
Una mujer,
Yo soy la noche, me decía,
y la noche es una capa de visón caliente
para la soledad del poeta.
La noche y el poeta juntos,
única manera de atravesar la nada del invierno
y se apretaba a mí con ternura y, yo,
al borde de las lágrimas,
para verla contenta,
haciendo con su deseo el universo,
me oscurecía.
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Una ella me ama y me consuela,
quiere aprender de mí lo que ella me enseñó.
Otra me muestra todo el día lo estúpido que soy,
buscando todo el día por todos lados una vida,
cuando en ella late con frenesí una vida imposible,
desde mucho antes de encontramos, de conocernos.
También ella antes de irse quiso hablar de la mujer:
No sé, dijo, si como hijas en crecimiento
o mártires antes de tiempo, siempre,
al lado de un hombre maduro,
construyendo su vida y su alegría
una mujer joven, teje ese sueño, ese destino.
Y yo que soy un hombre, de verdad, masculino,
porque ella así lo desea con fervor,
me levanto a la mañana y se lo digo:
Allá voy señora,
tras ese latido frenético y múltiple de tus deseos.
Aunque no te des cuenta,
aunque nadie lo crea,
estás en mí, iluminada,
estás en mí.
Y cuando hacemos el amor, ella recuerda:
Qué mal te comportaste con esa coma,
en el cuaderno del domingo, o bien,
los verbos singulares atrapados,
en una adjetivación inconsecuente.
Yo la dejaba recordar, tranquilamente,
y aprendía todo lo que podía,
pero no tocaba nada,
dejaba cada cosa en su lugar.
Esa promesa era el fundamento, sencillo,
de nuestro gran amor:
ella me lo daría todo, todo,
pero yo, no tocaría nada.
Yo soy un hombre masculino
y vivo atravesado por ella en mil pedazos,
todo lo que ella quiere encontrar en mí,
lo coloca ella misma, delicadamente, en silencio
y, después, ama con frenesí todas sus virtudes
y yo me dejo llevar por el haz de luz de sus deseos
y no dejo de amar lo que ella construye sin saber,
y no dejo de enloquecerme con tantos pájaros volando,
y no dejo de morir a cada instante entre las letras
y toco, yo también, embelesado, ese violín sangrante,
su boca enamorada, su locura de alas, su pantera,
ese violín sangrante, aullido quieto, desgarrado,
toco su voz marina, su libertad espléndida, su mar,
sus ojos de gaviota desesperada y escribo este poema.
MIGUEL OSCAR MENASSA
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28 NOVIEMBRE DE
1997
PRESENTACIÓN DEL
LIBRO
LAS 2001 NOCHES
DE MIGUEL OSCAR
MENASSA
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MIGUEL
HERNANDEZ
HIJO DE LA LUZ Y
DE LA SOMBRA
I
Hijo de la Sombra
Tú eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Tú eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño donde el amor culmina.
Como si fuera el día, mi corazón que quema
lleva hacia ti sus pasos de sol a donde quieres,
con un sólido impulso, con una luz suprema,
cumbre de las mañanas y los atardeceres.
Caeré sobre tu cuerpo cuando la noche incube
su más oscuro anhelo de imán y poderío.
Un astral sentimiento me sobrecoja y sube
a mi garganta, lleno de sombra, con qué brío.
Porque la noche arrastra magnética los pechos;
porque la noche vuelca los cuerpos con su choque.
Traspasada de túneles, fragoroso de lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.
Porque la noche viene como una sorda hoguera
de llamas minerales y oscuras embestidas.
Cuando la sombra viene, viene como si fuera
las almas de los pozos en vino difundidas.
La sombra es el nidal íntimo, incandescente,
la visible ceguera puesta sobre quien ama:
provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
y recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.
La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos.
Piernas, brazos y bocas que vibren y se abracen,
arrullos que la arranquen de sus mudos letargos.
Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida.
El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor, tuétano, luna donde tú y yo alentamos.
De tus bodegas brota, parte de sus veneros,
abastecidos siempre por perezosos ramos.
El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.
Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
teniendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía. II
Hijo de la Luz Tú eres el alba, esposa: la principal penumbra,
desde el presentimiento de luces de tu frente.
Decidido al fulgor, todo tu cuerpo alumbra
la sombra y en tus venas avanza el sol naciente. |
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Centro de claridades, la gran hora te espera
en el umbral de un fuego que al fuego mismo abrasa:
te espero yo, inclinado como el trigo a la era,
colocando en el centro la luz de nuestra casa.
La noche desprendida de los pozos oscuros,
se sumerge en los pozos donde ha echado raíces.
Y tú caes en el parto circundada de muros
que se rasgan contigo como pétreas matrices.
La gran hora del parto, la más inmensa hora:
estallan los relojes sintiendo tu alarido,
se ensanchan las llanuras del mundo, de la aurora,
y el sol nace en tu vientre, donde encontró su nido.
El hijo fue primero sombra y ropa cosida
por tu corazón hondo desde tus hondas manos.
Con sombras y con ropas anticipó su vida,
con sombras y con ropas de gérmenes humanos.
Las sombras y las ropas sin población, desiertas,
se han poblado de un niño sonoro, un movimiento,
que en nuestra casa pone de par las puertas,
y ocupa en ella a gritos el luminoso asiento.
¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!
Sombras y ropas trajo la del hijo que nombras.
Sombras y ropas llevan los hombres por el mundo.
Y sólo queda de ellos sombras: ropas y sombras.
Hijo del alba eres, hijo del mediodía.
Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,
mientras tu madre y yo vamos a la agonía,
dormidos y despiertos con el amor a cuestas.
Hablo, y el corazón me sale en el aliento.
Si no dijera cuánto te quiero, me ahogaría.
Con espliego y resinas perfumo tu aposento.
Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.
III
Hijo de la Luz y de la Sombra
Tejidos en el alba, grabados, dos panales
se atropellan hilando la leche a borbotones.
Tus pechos en el alba: maternos manantiales,
luchan y se atropellan con blancas efusiones.
Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
hasta inundar mi casa que tu sabor rezuma.
Y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
tú toda una colmena de leche con espuma.
Es como si tu sangre fuera dulzura toda,
laboriosas abejas filtradas por tus poros.
Oigo un clamor de leche, de inundación, de boda
junto a ti entre raudales de panales sonoros.
Caudalosa mujer: en tu vientre me entierro.
Tu caudaloso vientre será mi sepultura.
Si quemaran mis huesos con la llama del hierro,
verían que grabada llevo allí tu figura.
Para siempre fundidos en el hijo quedamos:
fundidos como anhelan nuestra ansias voraces:
en un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos,
en un haz de caricias, de pelo, los dos haces.
Los muertos, como un fuego congelado que abrasa,
laten junto a los vivos de una manera terca.
Viene a ocupar el hijo los campos y la casa
que tú y yo abandonamos quedándonos muy cerca.
Haremos de este hijo generador sustento,
y hará de nuestra carne materia decisiva:
donde asiente su alma las manos y el aliento
las hélices circulen, la agricultura viva.
El hará que mi casa no caiga derribada,
pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
que de nuestras dos bocas hará una sola espada
y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.
No te quiero en ti sola: te quiero en tu ascendencia,
y en cuanto de tus hijos descenderá mañana.
Porque la especie humana me han dado por herencia,
la familia de mi hijo será la especie humana.
Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.
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LAS
2001 NOCHES
POESÍA, AFORISMOS,
FRESCORES
1976-1997
Es un libro de Miguel Oscar Menassa:
500 páginas , 350 dibujos, y 393 noches de repuesto
"En este
libro, hace el amor un
hombre como yo"

En Las 2001 noches
también está lo que te interesa: Poesía, Locuras, Tardes
apacibles, Psicoanálisis, Sexo, Traición, Hortalizas, Exilio,
Grupos, Huecos insondables, Garche sencillo y complicados poemas de
amor.
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"LAS 2001 NOCHES
PIDE COLABORACIÓN"
Necesitamos nos
envíen los poemas que encuentren, de grandes poetas,
dedicados a Lorca para el número homenaje correspondiente a enero
de 1998, antes del día 25 de diciembre de 1997.
Por favor, no nos
envíen porquerías
Ferraz, 22 - 2 izq. -
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DIRECTOR:
Miguel Oscar Menassa.
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PARA EUROPA:
Carmen Salamanca Gallego.
PRINCESA, 17 - 3º Izda. 28008 MADRID (ESPAÑA).
Teléfono: 91 542 33 49 - Fax. 91 548 33 01
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OLGA
OROZCO
NOICA
(Personaje de un cuadro de
J. BAITLE PLANAS) Nunca oísteis su nombre.
Sin embargo, cuando un sueño cualquiera entretejió
fosforescentes redes sobre el rostro del tiempo,
Noica estuvo.
Tal vez su cabellera fuera para vosotros la marea letárgica
por donde sube al cielo la primer Navidad
—esa novia que flota con su ramo de cristal escarchado y
una cinta plateada en la garganta—.
Acaso sus ropajes fueran para vosotros un ámbito en que
caen lentamente las hojas,
cuando el amor golpea con sus manos el follaje encantado.
Lo cierto es que fue Noica,
la diosa de los seres subterráneos que disponen callando
el esplendor del mundo.
Reconocedla ahora.
Antes que se haya ido para ser melodía de polvo contra el
vidrio, sombra musgosa de los muros.
Guardadla para siempre en esta misma puerta abierta en el
celaje de los siglos,
donde se balancea, despidiéndose,
como la luminaria en el claro final de la arboleda.
Del otro lado yace su reino alucinado.
Nunca entraréis en él.
Juntos se abismarán debajo del recuerdo y del olvido.
OLGA OROZCO
Yo OIga Orozco desde tu corazón digo a todos que muero. Amé la soledad, la heroica
perduración de toda fé,
el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas, la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre
alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.
Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros
las tatuaron.
De mi estadía quedan las magias y los ritos,
unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,
la humareda distante de la casa donde nunca estuvimos,
y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me conocieron.
Lo demás aún se cumple en el olvido,
aún labra la desdicha en el rostro de aquella que se buscaba
en mí igual que en un espejo de sonrientes praderas,
ya la que tú verás extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.
Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo, en un último instante fulmíneo como el rayo,
no en el túmulo incierto donde alzo todavía la voz ronca y
llorada
entre los remolinos de tu corazón.
No. Esta muerte no tiene descanso ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto
tiempo.
Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte
porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura
que los cambiantes sueños,
allá, donde escribimos la sentencia:
«Ellos han muerto ya.
Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por
infierno.
Son ahora una mancha de humedad en las paredes del primer
aposento».
LOS REFLEJOS INFIELES
Me moldeó muchas caras esta sumisa piel,
adherida en secreto a la palpitación de lo invisible
lo mismo que una gasa que de pronto revela figuras
emboscadas en la vaga sustancia de los sueños.
Caras como resúmenes de nubes para expresar la
intraducible travesía;
mapas insuficientes y confusos donde se hunden los cielos
y emergen los abismos.
Unas fueron tan leves que se desgarraron entre los dientes
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de una sola
noche.
Otras se abrieron paso a través de la escarcha, como proas
de fuego.
Algunas perduraron talladas por el heroico amor en la
memoria del espejo;
algunas se disolvieron entre rotos cristales con las primeras
nieves.
Mis caras sucesivas en los escaparates veloces de una
historia sin paz y sin costumbres:
un muestrario de nieblas, de terror, de intemperies.
Mis caras más inmóviles surgiendo entre las aguas de un
ágata sin fondo que presagia la muerte,
solamente la muerte,
apenas el reverso de una sombra estampada en el hueco
de la separación.
Ningún signo especial en estas caras que tapizan la
ausencia.
Pero a través de todas,
como la mancha de ácido que traspasa en el álbum los
ambiguos retratos,
se inscribió la señal de una misma condena:
mi vana tentativa por reflejar la cara que se sustrae y que
me excede.
El obstinado error frente al modelo.

TALLERES DE POESIA
I
Hoy la Poesía nos encuentra nuevamente reunidos para
presentarles, en nombre de la Editorial Grupo Cero, un nuevo libro que integra la Colección Poesía y Psicoanálisis.
Cien Páginas anudadas a la Poesía que comienza ya desde su
portada, un óleo de Miguel O. Menassa, «Recuerdo una Mirada». Miradas que sólo pueden ser en su diferencia. Poeta e que en su diferente manera de acercarse a la palabra crea un e estilo, deja de vivir para que viva el Poema.
Este libro que reúne a 46 poetas de todas las edades y de varias nacionalidades, es producto del trabajo de cada uno de los
integrantes de los talleres de poesía que tienen lugar en la Escuela de Psicoanálisis y Poesía Grupo Cero de Madrid, Ibiza y Buenos Aires. Talleres donde la Poesía es considerada un verdadero trabajo inconsciente, puesta en acto de una
temporalidad que se juega en otra dimensión. Es en ésta donde el poema crea vida. Al escribir no pienso en lo que escribo, sino que soy pensado, en ese momento por el lenguaje. Poesía como producción, creación de algo inédito donde el
coordinador del grupo con su sola presencia provoca el trabajo de cada integrante. El motor del grupo es aquello que por ser
imposible no se dice. Imposible de escribirse que nos empuja al papel en blanco.
Ese imposible que nos hace psicoanalistas y poetas. Dice Miguel 0. Menassa:
«No vengo yo a escribirlo si soy el otro.
Vengo a vivir agazapado esperando el sonido.
La aparición brusca de una huella dejada de lado.
Vengo transparente, con el deseo de ser atravesado».
Dejar de ser para ser lo escrito, dejar de vivir para que viva el poema. Dice Amelia Díez Cuesta:
«Sin rumbo para que la página sea guía
Sin corazón para que las palabras sean latidos.,.».
Poetas de estas páginas en otras lejanías, otros están hoy con nosotros más cerca:
Miguel O. Menassa:
«En el intento de darte todas las horas, partí las horas en mil pedazos para darte más...».
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ANTICIPO DEL LIBRO
LAS 2001 NOCHES
DE PRÓXIMA APARICIÓN, EN ESPAÑA,
ARGENTINA, CHILE, URUGUAY, COLOMBIA Y CUBA.
En las 2001 Noches también está lo que te
interesa:
poesía, locuras, tardes apacibles,
psicoanálisis, sexo, traición, hortalizas, exilio, grupos, huecos insondables,
garche sencillo y complicado poemas de amor.
NOCHE 151
Después de cada verano, cuando ella retorna de visitar a sus padres, vuelve a creer que las personas se pueden tener o dejar. Si todavía no está loca, algún verano lo conseguirá.
NOCHE 202 El miedo, también, tiene su lujuria. De reprimir, entonces, habrá que reprimir el miedo o, bien, el exhibicionismo de su
fracaso
NOCHE 208
Hoy me gustaría escribir el poema más importante de mi vida.
Una verdad sobre la verdad en el territorio de la carne.
NOCHE 342
Sólo tu piel brillaba más alto que mi poesía. Ahora que no estás, de todo lo que me rodea, mi poesía es lo más alto.
NOCHE 489
Estoy empecinado en poder de otra manera a la establecida y eso me estoy dando cuenta que más que energía psíquica que es la que me sobra, se necesita energía temporal, es decir, en estos tiempos que corren, dinero, que es lo que no me sobra.
NOCHE 496
Cuando una inocencia me parta el corazón, seré más que yo mismo.
NOCHE 626
Las cuestiones no pueden ser tomadas al azar. Existen
cuestiones de antemano que deben ser tratadas antes de comenzar ninguna nueva actividad. Sin conocer el pasado no hay nueva actividad.
NOCHE 1044
La voluntad, el deseo, eso tengo que verificar.
Yo le dije, trabajar con fuerza, significa tener futuro. Volveremos a vernos, me dijo ella, y así, pasaron años.
NOCHE 1436
A veces no soporto bien esta juventud imperturbable que me toca vivir.
NOCHE 1484
Y después alguna música sonará y vendrán las flores del
entierro, los periodistas se mirarán avergonzados y todo seguirá más o menos igual.
Alguna joven recordará, en las veladas, algunos de mis versos y habrá algún oro, para algún traidor que se llenará la boca con mi nombre.
Nadie sangrará en mis historias, porque la sangre ya estará seca. y cuando se recuerden mis amores ya no habrá amor.
NOCHE 1589
Oh si pudiera, de esta noche inmensa que me encuelve
arrancar un poema.
Dibujar en la página la sutileza de un gesto de amor.
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FEDERICO
GARCÍA LORCA
CALLES Y SUEÑOS
Un pájaro de papel en el pecho
dice que el tiempo de los besos no ha llegado.
VICENTE ALEIXANDRE
DANZA DE LA MUERTE
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Cómo viene del Africa a New York!
Se fueron los árboles de la pimienta,
los pequeños botones de fósforo.
Se fueron los camellos de carne desgarrada
y los valles de luz que el cisne levantaba con el pico.
Era el momento de las cosas secas,
de la espiga en el ojo y el gato laminado,
del óxido de hierro de los grandes puentes
y el definitivo silencio del corcho.
Era la gran reunión de los animales muertos,
traspasados por las espadas de la luz;
la alegría eterna del hipopótamo con las pezuñas de ceniza
y de la gacela con una siempreviva en la garganta.
En la marchita soledad sin honda
el abollado mascarón danzaba.
Medio lado del mundo era de arena,
mercurio y sol dormido el otro medio.
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
caimán y miedo sobre Nueva York!
Desfiladeros de cal aprisionaban un cielo vacío
donde sonaban las voces de los que mueren bajo el guano.
Un cielo mondado y puro, idéntico a sí mismo,
con el bozo y lirio agudo de sus montañas invisibles,
acabó con los más leves tallitos del canto
y se fué al diluvio empaquetado de la savia,
a través del descanso de los últimos desfiles,
levantando con el rabo pedazos de espejo.
Cuando el chino lloraba en el tejado
sin encontrar el desnudo de su mujer
y el director del banco observaba el manómetro
que mide el cruel silencio de la moneda,
el mascarón llegaba a Wall Street.
No es extraño para la danza
este columbario que pone los ojos amarillos.
De la esfinge a la caja de caudales hay un hilo tenso
que atraviesa el corazón de todos los niños pobres.
El ímpetu primitivo baila con el ímpetu mecánico,
ignorantes en su frenesí de la luz original.
Porque si la rueda olvida su fórmula,
ya puede cantar desnuda con las manadas de caballos
y si una llama quema los helados proyectos,
el cielo tendrá que huir ante el tumulto de las ventanas.
No es extraño este sitio para la danza, yo lo digo.
El mascarón bailará entre columnas de sangre y de números,
entre huracanes de oro y gemidos de obreros parados
que aullarán, noche oscura, por tu tiempo sin luces.
¡oh salvaje Norteamérica! ¡oh impúdica! ¡oh salvaje,
tendida en la frontera de la nieve!
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Qué ola de fango y luciérnaga sobre Nueva York!
Yo estaba en la terraza luchando con la luna.
Enjambres de ventanas acribillaban un muslo de la noche.
En mis ojos bebían las dulces vacas de los cielos.
Y las brisas de largos remos
golpeaban los cenicientos cristales de Broadway.
La gota de sangre buscaba la luz de la yema del astro
para fingir una muerta semilla de manzana.
El aire de la llanura, empujado por los pastores
temblaba con un miedo de molusco sin concha.
Pero no son los muertos los que bailan,
estoy seguro.
Los muertos están embebidos, devorando sus propias manos.
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Son los otros los que bailan con el mascarón y su vihuela;
son los otros, los borrachos de plata, los hombres fríos,
los que crecen en el cruce de los muslos y llamas duras,
los que buscan la lombriz en el paisaje de las escaleras,
los que beben en el banco lágrimas de niña muerta
o los que comen por las esquinas diminutas pirámides del alba.
¡Que no baile el Papa!
¡No, que no baile el Papa!
Ni el Rey,
ni el millonario de dientes azules,
ni las bailarinas secas de las catedrales,
ni constructores, ni esmeraldas, ni locos, ni sodomitas.
Sólo este mascarón,
este mascarón de vieja escarlatina, ¡sólo este mascarón!
Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos,
que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas,
que ya la Bolsa será una pirámide de musgo,
que ya vendrán lianas después de los fusiles
y muy pronto, muy pronto, muy pronto.
¡Ay, Wall Street!
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Cómo escupe veneno de bosque
por la angustia imperfecta de Nueva York!
PAISAJE DE LA MULTITUD
QUE VOMITA
(ANOCHECER DE CONEY ISLAND)
LA mujer gorda venía delante
arrancando las raíces y mojando el pergamino de los tambores
la mujer gorda
que vuelve del revés los pulpos agonizantes.
La mujer gorda, enemiga de la luna,
corría por las calles y los pisos deshabitados
y dejaba por los rincones pequeñas calaveras de paloma
y levantaba las furias de los banquetes de los siglos últimos
y llamaba al demonio del pan por las colinas el cielo barrido
y filtraba un asia de luz en las circulaciones subterráneas.
Son los cementerios, lo sé, son los cementerios
y el dolor de las cocinas enterradas bajo la arena;
son los muertos, los faisanes y las manzanas de otra hora
los que nos empujan en la garganta.
Llegaban los rumores de la selva del vómito
con las mujeres vacías, con niños de cera caliente,
con árboles fermentados y camareros incansables
que sirven platos de sal bajo las arpas de la saliva.
Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio.
No es el vómito de los húsares sobre los pechos de la prostituta,
ni el vómito del gato que se tragó una rana por descuido.
Son los muertos que arañan con sus manos de tierra
las puertas de pedernal donde se pudren nublos y postres.
La mujer gorda venía delante
con las gentes de los barcos, de las tabernas y de los jardines.
El vómito agitaba delicadamente sus tambores
entre algunas niñas de sangre
que pedían protección a la luna.
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!
Esta mirada mía fue mía, pero ya no es mía,
esta mirada que tiembla desnuda por el alcohol
y despide barcos increíbles
por las anémonas de los muelles.
Me defiendo con esta mirada
que mana de las ondas por donde el alba no se atreve,
yo, poeta sin brazos, perdido
entre la multitud que vomita,
sin caballo efusivo que corte
los espesos musgos de mis sienes.
Pero la mujer gorda seguía delante
y la gente buscaba las farmacias
donde el amargo trópico se fija.
Sólo cuando izaron la bandera y llegaron los primeros canes
la ciudad entera se golpeó en las barandillas del embarcadero.
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PAISAJE DE LA MULTITUD
QUE ORINA
(NOCTURNO DE BATTERY PLACE)
Se quedaron solos:
aguardaban la velocidad de las últimas bicicletas.
Se quedaron solas:
esperaban la muerte de un niño en el velero japonés.
Se quedaron solos y solas
soñando con los picos abiertos de los pájaros agonizantes,
con el agudo quitasol que pincha
el sapo recién aplastado,
bajo un silencio con mil orejas
y diminutas bocas de agua
en los desfiladeros que resisten
el ataque violento de la luna.
Lloraba el niño del velero y se quebraban los corazones
angustiados por el testigo y la vigilia de todas las cosas
y porque todavía en el suelo celeste de negras huellas
gritaban nombres oscuros, salivas y radios de níquel.
No importa que el niño calle cuando le clavan el último alfiler,
ni importa la derrota de la brisa en la corola del algodón,
porque hay un mundo de la muerte con marineros definitivos
que se asomarán a los arcos y os helarán por detrás de los árboles.
Es inútil buscar el recodo
donde la noche olvida su viaje
y acechar un silencio que no tenga
trajes rotos y cáscaras y llanto,
porque tan sólo el diminuto banquete de la araña
basta para romper el equilibrio de todo el cielo.
No hay remedio para el gemido del velero japonés,
ni para estas gentes ocultas que tropiezan con las esquinas.
El campo se muerde la cola para unir las raíces en un punto
y el ovillo busca por la grama su ansia de longitud insatisfecha.
¡La luna! Los policías. ¡Las sirenas de los trasatlánticos!
Fachadas de crín, de humo; anémonas, guantes de goma,
Todo está roto por la noche,
abierta de piernas sobre las terrazas.
Todo está roto por los tibios caños
de una terrible fuente silenciosa.
¡Oh gentes! ¡Oh mujercillas! ¡Oh soldados!
Será preciso viajar por los ojos de los idiotas
campos libres donde silban mansas cobras deslumbradas,
paisajes llenos de sepulcros que producen fresquísimas manzanas,
para que venga la luz desmedida
que temen los ricos detrás de sus lupas,
el olor de un solo cuerpo con la doble vertiente de lis y rata
y para que se quemen estas gentes que pueden orinar alrededor de un gemido
o en los cristales donde se comprenden las olas nunca repetidas.
ASESINATO
(DOS VOCES DE MADRUGADA EN RIVER SIDE DRIVE)
¿Cómo fue?
— Una grieta en la mejilla.
¡Eso es todo!
Una uña que aprieta el tallo.
Un alfiler que bucea
hasta encontrar las raicillas del grito.
Y el mar deja de moverse.
— ¿Cómo, cómo fue?
— Así.
-¡Déjame! ¿De esa manera?
-Sí.
El corazón salió solo.
-¡Ay, ay de mí!
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PSICOANALIZARSE
TAMBIÉN
ES UN ACTO
POÉTICO
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NAVIDAD EN EL
HUDSON
¡ESA
esponja gris!
Ese marinero recién degollado.
Ese río grande.
Esa brisa de límites oscuros.
Ese filo, amor, ese filo.
Estaban los cuatro marineros luchando con el mundo con el mundo
de aristas que ven todos los ojos,
con el mundo que no se puede recorrer sin caballos.
Estaban uno, cien, mil marineros
luchando con el mundo de las agudas velocidades,
sin enterarse de que el mundo estaba solo por el cielo.
El mundo solo por el cielo solo.
Son las colinas de martillos y el triunfo de la hierba espesa.
Son los vivísimos hormigueros y las monedas en el fango.
El mundo solo por el cielo solo
y el aire a la salida de todas las aldeas.
Cantaba la lombriz el terror de la rueda
y el marinero degollado
cantaba el oso de agua que lo había de estrechar
y todos cantaban aleluya,
aleluya. Cielo desierto.
Es lo mismo, ¡lo mismo!, aleluya.
He pasado toda la noche en los andamios de los arrabales
dejándome la sangre por la escayola de los proyectos,
ayudando a los marineros a recoger las velas desgarradas.
Y estoy con las manos vacías en el rumor de la desembocadura.
No importa que cada minuto
un niño de nueve años agite sus ramitos de venas,
ni que el parto de la víbora, desatado bajo las ramas,
calme la sed de sangre de los que miran el desnudo.
Lo que importa es esto: hueco. Mundo solo. Desembocadura.
Alba no. Fábula inerte.
Sólo esto: Desembocadura.
¡Oh esponja mía gris!
¡Oh cuello mío recién degollado!
¡Oh río grande mío!
¡Oh brisa mía de límites que no son míos!
¡Oh filo de mi amor, oh hiriente filo!
CIUDAD SIN SUEÑO
(NOCTURNO DEL
BROOKLING BRIDGE)
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano
que se queja tres años
porque tiene un paisaje seco en la rodilla;
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.
No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.
Pero no hay olvido, ni sueño:
carne vida. Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso
y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros.
Un día
los caballos vivirán en las tabernas
y las hormigas furiosas
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.
Otro día
veremos la resurrección de las mariposas disecadas
|
y aun andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,
a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente
o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,
donde espera la dentadura del oso,
donde espera la mano momificada del niño
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Pero si alguien cierra los ojos, ¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!
Haya un panorama de ojos abiertos
y amargas llagas encendidas.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
Ya lo he dicho.
No duerme nadie.
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
abrid los escotillones para que vea bajo la luna
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.
PANORAMA CIEGO DE
NUEVA YORK
Si no son los pájaros
cubiertos de ceniza,
si no son los gemidos que golpean las ventanas de la boda,
serán las delicadas criaturas del aire
que manan la sangre nueva por la oscuridad inextinguible.
Pero no, no son los pájaros,
porque los pájaros están a punto de ser bueyes;
pueden ser rocas blancas con la ayuda de la luna
y son siempre muchachos heridos
antes de que los jueces levanten la tela.
Todos comprenden el dolor que se relaciona con la muerte,
pero el verdadero dolor no está presente en el espíritu.
No está en el aire ni en nuestra vida,
ni en estas terrazas llenas de humo.
El verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas
es una pequeña quemadura infinita
en los ojos inocentes de los otros sistemas.
Un traje abandonado pesa tanto en los hombros
que muchas veces el cielo los agrupa en ásperas manadas.
Y las que mueren de parto saben en la última hora
que todo rumor será piedra y toda huella latido.
Nosotros ignoramos que el pensamiento tiene arrabales
donde el filósofo es devorado por los chinos y las orugas.
Y algunos niños idiotas han encontrado por las cocinas
pequeñas golondrinas con muletas
que sabían pronunciar la palabra amor.
No, no, son los pájaros,
No es un pájaro el que expresa la turbia fiebre de laguna,
ni el ansia de asesinato que nos oprime cada momento
ni el metálico rumor de suicidio que nos anima cada madrugada.
Es una cápsula de aire donde nos duele todo el mundo
es un pequeño espacio vivo al loco unisón de la luz,
es una escala indefinible donde las nubes y rosas olvidan
el griterío chino que bulle por el desembarcadero de la sangre.
Yo muchas veces me he perdido
para buscar la quemadura que mantiene despiertas las cosas
y sólo he encontrado marineros echados sobre las barandillas
y pequeñas criaturas del cielo enterradas bajo la nieve.
Pero el verdadero dolor estaba en otras plazas
donde los peces cristalizados agonizaban dentro de los troncos;
plazas del cielo extraño para las antiguas estatuas ilesas
y para la tierna intimidad de los volcanes.
No hay dolor en la voz. Sólo existen los dientes,
pero dientes que callarán aislados por el raso negro.
No hay dolor en la voz. Aquí sólo existe la Tierra.
La tierra con sus puertas de siempre
Que llevan el rubor de los frutos.
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NACIMIENTO DE CRISTO
Un pastor pide teta por la nieve que ondula
blancos perros tendidos entre linternas sordas.
El Cristito de barro se ha partido los dedos
en los filos eternos de la madera rota.
¡Ya vienen las hormigas y los pies ateridos!
Dos hilillos de sangre quiebran el cielo duro.
Los vientres del demonio resuenan por los valles
golpes y resonancias de carne de molusco.
Lobos y sapos cantan en las hogueras verdes
coronadas por vivos hormigueros del alba.
La luna tiene un sueño de grandes abanicos
y el toro sueña un toro de agujeros y de agua.
El niño llora y mira con un tres en la frente.
San José ve en el heno tres espinas de bronce.
Los pañales exhalan un rumor de desierto
con cítaras sin cuerdas y degolladas voces.
La nieve de Manhatan empuja los anuncios
y lleva gracia pura por las falsas ojivas.
Sacerdotes idiotas y querubes de pluma,
van detrás de Lutero por las altas esquinas.
LA AURORA
La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.
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LAS
2001 NOCHES
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CESARE
PAVESE
DIÁLOGOS CON LEUCO
—EL MISTERIO—
A todos nos gusta oír que los misterios eleusinos presentaban, para los iniciados, un modelo divino de inmortalidad en las figuras de Dionisio y Deméter (y Cora y Plutón). Nos gusta menos que nos recuerden que Deméter es la espiga —el pan— y Dionisio la uva —el vino—. «Tomad y comed ... »
(Hablan Dionisio y Deméter)
DIONISIO. Estos mortales son verdaderamente
divertidos. Nosotros sabemos las cosas y ellos las hacen. Me pregunto
qué serían nuestros días sin ellos. Qué seríamos nosotros, los
Olímpicos. Nos llaman con sus vocecitas y nos dan nombres.
DEMÉTER. Yo existía ya antes que ellos, y
puedo asegurarte que en aquel entonces uno estaba solo. La tierra era
selva, serpientes, tortugas. Éramos la tierra, el aire, el agua. ¿Qué
podíamos hacer? Fue entonces cuando adquirimos la costumbre de ser
eternos.
DIONISIO. Esto no sucede con los hombres.
DEMÉTER. Es verdad. Todo aquello que tocan
se vuelve tiempo. Se vuelve acción. Espera y esperanza. También morir
para ellos significa algo.
DIONISIO. Tienen un modo de nombrarse a sí
mismos, a las cosas y a nosotros, que enriquece la vida. Como las viñas
que han sabido plantar sobre estas colinas. Cuando llevé el sarmiento a
Eleusis, no sabía que de unas pendientes tan feas y pedregosas hubieran
hecho un país tan dulce. Lo mismo con el trigo y con los jardines.
Dondequiera que gasten fatigas y palabras nace un ritmo, un sentido, un
reposo.
DEMETER. ¿Y las historias que saben contar
de nosotros? Me pregunto a veces si yo soy de verdad Gea, Rea, Cibeles,
la Madre Grande, como me nombran. Saben darnos nombres que nos revelan a
nosotros mismos, Iaco, y que nos arrancan de la abrumadora eternidad del
destino para plasmarnos en los días y en los países donde estamos.
DIONISIO. Para nosotros tú eres siempre Deo.
DEMÉTER. ¿Quién diría que, en su miseria,
tienen tanta riqueza? Para ellos yo soy un monte selvático y feroz, soy
nube y gruta, soy señora de los leones, de los cereales y de los toros,
de las rocas amuralladas, la cuna y la tumba, la madre de Cora. Todo se
lo debo a ellos.
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DIONISIO. También hablan siempre de mí.
DEMÉTER. ¿Y no deberíamos, Iaco, ayudarlos más,
compensarlos de alguna manera, estar a su lado en la breve jornada que
gozan?
DIONISIO. Tú les has dado los cereales; yo, la
vid, Deo. Déjalos hacer. ¿Hace falta otra cosa?
DEMETER. Yo no sé cómo, pero lo que nos sale de
las manos siempre es ambiguo. Es una espada de doble filo. Mi Triptolemo
casi se ha hecho degollar por el huésped escita a quien llevaba el trigo. Y
tú también, por lo que oigo, haces correr bastante sangre inocente.
DIONISIO. No serían hombres si no fuesen
tristes. Su vida tiene que morir. Toda su riqueza es la muerte, que los
obliga a ingeniarse, recordar y prever. Y además no creas, Deo, que vale más
su sangre que el trigo o el vino con que la nutrimos. La sangre es vil,
sucia, mezquina.
DEMÉTER. Tú eres joven, Iaco, y no sabes que es
en la sangre donde nos han encontrado. Tú recorres el mundo, inquieto, y la
muerte es para ti como un vino que exalta. Pero no pienses que todos los
mortales han sufrido lo que narran de nosotros. Cuántas madres mortales han
perdido a su Cora y no la han reencontrado jamás. Aún hoy el homenaje más
valioso que saben hacemos es derramar sangre.
DIONISIO. ¿Pero es un homenaje, Deo? Tú sabes
mejor que yo que cuando mataban a la víctima, en otro tiempo, creían que nos
mataban a nosotros.
DEMÉTER. ¿Y podemos reprochárselo? Por eso te
digo que nos han encontrado en la sangre. Si para ellos la muerte es el fin
y el principio, tenían que mataros para vemos renacer. Son muy infelices,
Iaco.
DIONISIO. ¿Tú crees? A mí me parecen unos
necios. O tal vez no. Dado que son mortales, le dan un sentido a la vida
matándose. Ellos, las historias, tienen que vivirlas y morirlas. Toma el
caso de Icario...
DEMÉTER. Aquella pobre Erígona...
DIONISIO. Sí pero Icario se ha hecho matar
porque lo ha querido. Tal vez ha pensado que su sangre fuera vino.
Vendimiaba, pisaba las uvas y trasegaba como un loco. Era la primera vez que
en una era veían espumar el mosto. Han rociado con él los setos, los muros,
las palas. También Erígona sumergió en él las manos. Y entonces ¿por qué
este viejo necio anda por los campos, se arrima a los pastores y los hace
beber? Ellos, borrachos, envenenados, enfurecidos, lo han descuartizado
sobre los setos, como a un chivo, y luego lo han sepultado para que se
convirtiera también él en vino. Él lo sabía y lo ha querido. ¿Debía
sorprenderse la hija, que había gustado ese vino? También ella lo sabía.
¿Qué más podía hacer, para terminar esta historia, que ahorcarse bajo el sol
como un racimo de uva? Nada hay de triste en esto. Los mortales cuentan las
historias con la sangre.
DEMETER. ¿Y te parece que esto es digno de
nosotros? Tú que has preguntado qué seríamos sin ellos, sabes que un día
pueden cansarse de nosotros los dioses. Ves entonces que la sangre, esta
sangre mezquina, te importa.
DIONISIO. ¿Pero qué quieres que les demos? De
cualquier cosa harán siempre sangre.
DEMÉTER. Hay una sola manera, y tú la sabes.
DIONISIO. Dime.
DEMÉTER. Darle un sentido a su muerte.
DIONISIO. ¿Cómo dices?
DEMÉTER. Enseñarles la vida beata.
DIONISIO. Pero es tentar al destino, Deo. Son
mortales.
DEMÉTER. Escúchame. Llegará un día en que ellos
mismos lo pensarán. Y lo harán sin nosotros, con un cuento. Hablarán de
hombres que han vencido a la muerte. Ya han puesto a uno de ellos en el
cielo; alguno desciende al infierno cada seis meses. Uno de ellos ha
combatido con la muerte y le ha arrebatado una criatura... Compréndeme, Iaco.
Lo harán solos. Y entonces nosotros volveremos a ser lo que fuimos: aire,
agua y tierra.
DIONISIO. No vivirían por esto más tiempo.
DEMÉTER. Muchacho tonto, ¿qué crees tú? Pero
morir tendrá un sentido. Morirán para renacer ellos también, y ya no
necesitarán nada de nosotros.
DIONISIO. ¿Qué quieres hacer, Deo?
DEMÉTER. Enseñarles que nos pueden igualar más
allá de] dolor y de la muerte. Pero decírselo nosotros. Enseñarles que, así
como el trigo y la vid descienden al Hades para nacer, la muerte es para
ellos una nueva vida. Darles este cuento. Conducirlos mediante este cuento.
Enseñarles un destino que se entrelace con el nuestro.
DIONISIO. Morirán igualmente.
DEMÉTER. Morirán y habrán vencido a la muerte.
Verán algo más que la sangre. Nos verán a nosotros dos. No temerán más a la
muerte y no necesitarán aplacarla derramando otra sangre.
DIONISIO. Se puede hacer, Deo, se puede hacer. Será el cuento de la vida
eterna. Casi los envidio. No conocerán el destino y serán inmortales. Pero
no esperes que se detenga la sangre.
DEMÉTER. Pensarán solamente en la eternidad. A
lo sumo, existe el peligro de que descuiden estas fértiles campañas.
DIONISIO. Puede ser. Pero una vez que el trigo y
la viña tengan el sentido de la vida eterna, ¿sabes qué verán los hombres en
el pan y en el vino? Carne y sangre, como ahora, como siempre. Y carne y
sangre manarán, ya no para aplacar a la muerte, sino para alcanzar la
eternidad que les espera.
DEMETER. Se diría que ves el futuro. ¿Cómo
puedes decirlo?
DIONISIO. Basta haber visto el pasado, Deo. Cree
en mí. Pero te apruebo. Será siempre un cuento.
Traducido por Marcela Milano
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